Por - 18 de marzo de 2019

Hoy en día, ¿quién escucha a una encina? Con esta pregunta retórica, el artesano, compositor y músico Eusebio Mayalde se lamenta del irreversible deterioro de las correas de transmisión a la hora de conservar el folklore. Y sin salir de su tierra, el cineasta charro Gabriel Velázquez funde la tradición con la vanguardia en este su último filme. Estamos en la provincia de Salamanca, pero quien contemple las imágenes de Zaniki bien podría pensar que se encuentra en Azerbaiyán, o en alguna colonia de Marte (no hay más que detenerse en ese encuadre progresivo y cenital sobre el camposanto, en el recurrente recorrido de la moto, o en el trabajo de una cosechadora sobre el tapiz de la tierra). Y si bien es cierto que la calidez interior y la plasticidad de las composiciones exteriores no se corresponden con la desnaturalización del entorno llevada a cabo por Velázquez en filmes anteriores como Iceberg o Ártico, también hay que tener en cuenta que el territorio en el que se mueve esta inclasificable película, etnográfica y musical, es el del hogar familiar, con motivos tales como el repicar de dos cucharillas o el burbujeo de un huevo friéndose. Finalmente, con el iniciático viaje al monte que el nieto (Zaniki) emprende con su abuelo, y con la postrera performance de este, la película se clausura, adentrándose en el territorio mítico.

El músico más ancestral e imaginativo del mundo habita en Salamanca.