Por - 09 de febrero de 2015

Desconfiemos de las retiradas anunciadas por toreros pechopalomos, roqueros amojamados o cineastas indies alpha. Al menos a este último grupo pertenece Kevin Smith, que lleva tres años y pico tirando crossovers al respetable con su prejubilación. Mientras sigue mareando la perdiz, y dando vueltas al paluego de Clerks 3, nos sorprende con su filme más tarantiniano. Y no sólo por el guiño saja-raja a Kill Bill (bien fichado Michael Parks), o el homenaje conversacional en la línea de “grandes batallitas-batamantas”, sino porque, como en algunas obras del de Knoxville, el argumento de Tusk parece un chiste, más o menos privado (como se deduce durante los créditos finales), que se hipertrofia hasta niveles donde la gracia brilla por su ausencia: érase una vez un chulito podcaster –evolución del nerd comiquero y misógino de la trilogía de Nueva Jersey– al que un mad doctor obsesionado con las morsas decide metamorfosear en tan beatleliano animal. Se cierra el telón. Lastrada por su autoconvicción de santo cult súbito, y por parecer una versión de Human Centipede rodada por un discípulo fumeta de David Cronenberg, Tusk no acaba de levantar el vuelo ni como fábula gore ni como sátira mochales, por mucho que invoque a Hemingway, haga de Haley Joel Osment el apolíneo del reparto o convierta a Johnny Depp en un inspector Clouseau quebequés. Y es que no es bizarro quien quiere sino quien puede. Revisa bien tus años de cotización, mister Smith.

Desconfiemos de las retiradas anunciadas por toreros pechopalomos, roqueros amojamados o cineastas indies alpha. Al menos a este último grupo pertenece Kevin Smith, que lleva tres años y pico tirando crossovers al respetable con su prejubilación. Mientras sigue mareando la perdiz, y dando vueltas al paluego de Clerks 3, nos sorprende con su filme más tarantiniano. Y no sólo por el guiño saja-raja a Kill Bill (bien fichado Michael Parks), o el homenaje conversacional en la línea de “grandes batallitas-batamantas”, sino porque, como en algunas obras del de Knoxville, el argumento de Tusk parece un chiste, más o menos privado (como se deduce durante los créditos finales), que se hipertrofia hasta niveles donde la gracia brilla por su ausencia: érase una vez un chulito podcaster –evolución del nerd comiquero y misógino de la trilogía de Nueva Jersey– al que un mad doctor obsesionado con las morsas decide metamorfosear en tan beatleliano animal. Se cierra el telón.

Lastrada por su autoconvicción de santo cult súbito, y por parecer una versión de Human Centipede rodada por un discípulo fumeta de David Cronenberg, Tusk no acaba de levantar el vuelo ni como fábula gore ni como sátira mochales, por mucho que invoque a Hemingway, haga de Haley Joel Osment el apolíneo del reparto o convierta a Johnny Depp en un inspector Clouseau quebequés. Y es que no es bizarro quien quiere sino quien puede. Revisa bien tus años de cotización, mister Smith.

Sorprendente, grotesca… pero, no nos engañemos, una tontería.

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