Por - 26 de enero de 2019

Es muy probable que los Juegos Paralímpicos de Sidney 2000 queden registrados como la mayor infamia de la historia del deporte español. En aquel año, la Real Federación Española de Deportes para Discapacitados Intelectuales presentó a los juegos un equipo de baloncesto compuesto únicamente por dos personas con auténtica discapacidad. El resto eran hombres sin escrúpulos, incluyendo a auténticos jugadores de la liga EBA (algo así como tercera división de fútbol) que participaban en un entramado de trampas que llevaba repitiéndose años, orquestado por el exseleccionador Fernando Martín Vicente, único condenado por aquella acción.

También es muy probable que Todos a una quede registrada como una de las películas con más equivocaciones por minuto del cine reciente. Esta cinta francesa solo se entiende como la venganza de nuestros vecinos galos por todos los años de palizas en Roland Garros. Porque, en caso contrario, si su forma, su tono y mensaje es honesto, lo que confecciona es el blanqueamiento más repulsivo de aquellos desalmados que perpetraron esta atrocidad. Lo que podría entenderse como un experimento si se hubiese trasladado a un legítimo humor negro, da escalofríos cuando se queda en una comedia buenista al estilo Intocable. En época de cansinos debates sobre los límites del humor Todos los saben delimita muy bien los límites del drama. Se encuentran aquí, en intentar vender amistad si lo que hubo fue aprovechamiento, en traducir negligencia por superación.

Únicamente sirve para experimentar vergüenza ajena.