Por - 11 de diciembre de 2016

Las mismas preguntas lacerantes que surgían con Nacido en Gaza siguen hoy sin solución. El problema (y la virtud de este filme, hermano de aquel) es que ahora se añaden otros tantos interrogantes que nos sacuden a la luz del nuevo largo de Hernán Zin, realizador curtido con Jon Sistiaga que ya hace tiempo que vuela (Villas miseria) con estilo propio. Y bien marcado, navegando entre un virtuosismo rubricado por la cámara lenta (más controlado aquí), una querencia por las imágenes duras y el relato en primera persona de las víctimas más inocentes del conflicto: los niños del actual éxodo sirio a Occidente a través de la vieja Europa. Más de dos años después de recoger pequeñas verdades en los asentamientos palestinos, Zin continúa buscando méritos a través del innegable valor de sus imágenes filmadas.

En paralelo al contenido, el estilo plantea otra cuestión extrema: la pornografía del dolor como arma válida para el documentalista o como abuso. Ahí sigue la duda, aunque el autor ha moderado su preciosismo y modula, desordenadamente (el mapa final se agradece), su apuesta por seguir el drama en la piel y la voz de los niños. Más periodístico, tira de archivo, de medios y del contrapunto de los políticos frente a los chavales. El drama que comenzó al sol de Sorolla (de Gaza a Lesbos, todo bañado por el mismo mar) ha pasado al gris de la Bélgica burocrática, y lo que parece un final es en realidad el principio de otro infierno.