Por - 11 de marzo de 2019

Las comedias y proverbios de Rohmer podían dividirse según la disposición que tuvieran sus protagonistas hacia el amor: los había predispuestos, reacios, inquisitivos, fatigados, sedientos, de hacer match pero no abrir conversación, etc. En fin, toda la variedad de posibilidades y permutaciones cishetero de piel blanca que el cineasta articulaba en sus brillantes enredos sentimentales. En el caso de Mia Hansen-Løve, la autora de Un amour de jeunesse ha explicado que, tras hacer una película sobre una mujer que se encuentra a sí misma al liberarse de las ataduras del romance (El porvenir), le apetecía retratar a alguien con la actitud completamente contraria: con los brazos abiertos a la entrada del amor en su vida. Para ello se ha ido tan lejos como la India, y ha filtrado sus habituales rasgos autobiográficos a través de un personaje masculino. Roman Kolinka, que tenía un par de papeles pequeños en Eden y El porvenir, es aquí el protagonista absoluto como Gabriel, un reportero de guerra recién liberado tras meses secuestrado en Siria.

En pura consonancia con la delicadeza dramática de la directora, todo lo relativo a esa experiencia traumática queda fuera de campo y la película comienza con la liberación. La primera ducha caliente, los chequeos médicos, la bienvenida protocolaria de las autoridades, la dificultad para reengancharse a lo que antes era su vida. Gabriel toma un café con su compañero también liberado (Alex Descas, tan cálido y afectuoso como siempre), se despiden y, con un gesto tan grácil como un cambio de plano, va de las calles de París a las de Goa, donde pasó su infancia, a donde vuelve para hacerse cargo de la abandonada casa familiar y saldar cuentas con el pasado. Los personajes de Hansen-Løve suelen enfrentarse a cambios radicales en su vida, pero Gabriel se toma el estrés postraumático con calma, sin mucha prisa por reencontrarse con su madre, que ahora vive en Bombay. Hasta que conoce a Maya, la hija de su padrino indio. A fuego lento, una peculiar conexión se forma entre el occidental treintañero, descolgado del mundo, y la postadolescente india, anhelante de experiencias.

Entre amor platónico, curiosidad intelectual y pura atracción carnal, quizás el mayor desafío que solventa la directora francesa, aparte de conseguir que pasar tiempo con sus personajes parezca tan natural, sea contar una relación asimétrica y con diferencia de edad escarpada sin que espante la utilización balsámica del afecto juvenil por parte del ego masculino –el final del relato es muy claro en ese sentido–. Narradora inteligente y sensible, no suele juzgar a sus personajes sino presentarlos plenos de aristas, sin condenar desde un pedestal moral autolevantado comportamientos quizás erróneos, quizás simplemente existentes, que solo desde el cinismo se pueden ver ajenos; al fin y al cabo, Maya y Mia suenan casi igual. Ella, con Hélène Louvart tras la cámara y Schubert en el aire, filma la India en 16mm como hicieron sus compatriotas Jean Renoir (El río, 1951) y Louis Malle (La India fantasma, 1969) en dos proyectos muy sentidos y personales. Igual que todas las películas de Mia Hansen-Løve.

Igual que aquella chica de tu clase, la cineasta francesa más personal ha vuelto de la India tras encontrarse a sí misma (pero sin bindi en la frente).