Por - 04 de enero de 2018

Tantos años lleva Marvel pensándose una película individual para la Viuda Negra de Scarlett Johansson que al final han sido otros los que han colmado a la perfección ese hueco reclamado por los fans. Los paralelismos entre la novela de espionaje Gorrión rojo, publicada por Jason Matthews en 2013, y la historia tebeística de Natasha Romanova son tan evidentes que se puede sospechar que, cuando 20th Century Fox adquirió los derechos de adaptación, ya tuvo en mente la maniobra de adelantamiento. Y la jugada les ha salido redonda, porque la Dominika Egorova encarnada por Jennifer Lawrence –muchísimo más cómoda y despierta en este marco de acción que en el universo superheroico de X-Men– probablemente sea todo lo que pedimos en una buena película de espías: tenacidad intelectual, elasticidad moral, habilidad física, encantos irresistibles y una capacidad innata para el doble (o triple) juego.

En Gorrión rojo, la actriz vuelve a colaborar con gran parte del equipo creativo que la aupó al estrellato en la saga Los juegos del hambre: el director Francis Lawrence, el director de fotografía Jo Willems, el montador Alan Edward Bell y el compositor James Newton Howard. Todos se ponen al servicio de un relato de espionaje de la vieja escuela, ambientado en la actualidad pero con sabor a Guerra Fría –y quizás no haya nada más actual, según las investigaciones sobre la victoria electoral de Trump–, donde abundan intérpretes británicos poniendo acento ruso a sus personajes. Dominika es una prometedora bailarina del Bolshói, pero una lesión pone fin repentino a su carrera en el ballet. Como tantas otras heroínas de acción antes que ella, de Anne Parillaud en Nikita a Jennifer Garner en Alias, es reclutada por unos servicios secretos a la caza de carne fresca y vulnerable que poder moldear a su antojo. Aquí es la siempre magnética ambigüedad de Matthias Schoenaerts la que ejerce de sedal y anzuelo para espías, que diría Len Deighton. Nada más apropiado para un relato donde la seducción y la manipulación de las necesidades del contrincante son más importantes que cualquier microchip; de hecho, la información se mueve inexplicablemente en disquetes.

El guion de Justin Haythe (La cura del bienestar) se toma el tiempo necesario para poner en marcha un juego del gato y el ratón, también cauto y meticuloso, entre la nueva espía rusa y un agente de la CIA (Joel Edgerton) con agenda propia. Entre traiciones y bailes de agentes dobles, Francis Lawrence practica una realización de composiciones dinámicas que rechaza las florituras formales para detenerse en los aspectos más secos y sombríos del mundo que retrata. La violencia, en sus dimensiones física, verbal y sexual, es dura y contundente, más dolorosa que en cualquier misión reciente de James Bond –por cierto, mejor que licencia 007 para una mujer sería que hubiera más películas como esta– y el tono general, mucho más adulto que lo que veremos nunca en una franquicia con lazos multimillonarios. Al final, va a ser mejor que Marvel no haya hecho Viuda Negra y tengamos Gorrión rojo.

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