Por - 11 de marzo de 2019

En un futuro, toda modalidad de ocio habrá sido llevada al cine. Esto no es intrínsecamente bueno ni malo. Por muy ridículos que puedan resultar sus mimbres, en realidad y como siempre, dependerá del talento de un equipo de narradores, técnicos y cineastas que La aventura de los palos selfie en Hawaii se parezca más a La Lego Película que a Emoji: la película.

Escape Room es el último caso de entretenimiento adaptado a la gran pantalla, de venta transformada en relato. Lo llamativo de su apuesta no reside en su contenido sino en su carcasa, es la reencarnación de un fenómeno ya exitoso, pensada para aprovechar su tirón, como las montañas rusas de personajes Marvel o la lotería de Trancas y Barrancas. Escape Room es una marioneta que mira desde abajo a obras como The Game esperando su aceptación para transformarse en un niño de verdad.

Pues bien, lo consigue. Adam Robitel logra evadirse frente a cualquier etiqueta y firmar una película de terror en la que lo que ocurra fuera de la sala es lo de menos. Escape Room recoge el testigo de Saw y le añade acción y adrenalina. Mientras, se permite embellecerse visualmente y otorgarse modernidad, sin olvidarse de entretener y jugar con los nervios del público. Lástima de un final acartonado y algo abrupto, que cae en clichés y condena a la película a precisar de una segunda parte. Por si se habían olvidado de qué iba todo esto.

Sale más barato y te cansas menos que con las de verdad.