Por - 20 de noviembre de 2016

Bien sea por la moda de llevar el cuerpo al límite en competiciones deportivas extremas, o bien porque cada vez oímos tañer más cerca las campanas del Apocalipsis en forma de desastres naturales, nos hemos acostumbrado a cierto tipo de cine y televisión de supervivencia. Ahí están, sin ir más lejos, El renacido y Essential Killing en la gran pantalla, o Supervivientes y (ejem) Aventura en pelotas en la pequeña. De dicha fascinación mana este insólito proyecto, escrito por los siempre fabulosos hermanos Remón y el mismo Farnarier, con un único actor y ni una sola línea de diálogo.

El arco de transformación de este Robinson pirenaico es también el del ser humano y su relación con la naturaleza. Si en un principio quiere violentarla de la manera más extrema posible, esto es, quitándose la vida, el camino que inicia después es el mismo que lleva del nomadismo al sedentarismo: convertido en cazador y recolector, sus sucesivas incursiones por las masías vecinas lo convierten en pacífico agricultor. Mucho tienen que ver en ese proceso civilizador dos factores: el amor de los distintos animales domésticos que se va encontrando por el camino (perros, caballos…) y el (re)descubrimiento de la cultura: un centímetro de lápiz, una resma de papel amarillo, una revista ajada se convierten en sus posesiones más preciadas. La moraleja parecer ser, pues, que sólo la armonía con la naturaleza nos sanará de nuestro atribulado presente.

Buen salvaje, mejor película. Aprende a amar tu naturaleza.