Por - 03 de septiembre de 2015

Hay una España que no quiere ser ella misma. Una España que, de lo española que es, renunciaría a serlo. Gonzalo Tamayo (Álvaro Ogalla) es esa España. Bautizado, ex niño de Primera Comunión, anda por El apóstata haciendo precisamente eso: apostatar, del latín apostatāre; es decir, negar la fe de Jesucristo recibida en el bautismo, abandonar, pedir la baja, decir que “ciao”.

¿Qué bicho le habrá picado a este tal Gonzalo Tamayo, despeinado y con la camisa por fuera, tardo treintañero sin la carrera acabada, filósofo a domicilio, niño perdido, pícaro y carnal, tan inocentón? Lo de menos es su empeño por dejar de aparecer en los archivos, borrar su nombre y las réplicas galdosianas, las caras de Chávarri y del obispo Juan Calot que asciende en la jerarquía eclesiástica desde El abuelo y aquel cura zampón al que Fernán Gómez ponía de vuelta y media. Qué más dará la apostasía de Gonzalo Tamayo, qué importará mandar la religión al cuerno en un país que todavía se casa por la Iglesia sólo por vestir de blanco. Eso es lo de menos.

En la tercera película de ese coleccionista de héroes improbables que es Federico Veiroj –tuvo que venir un uruguayo a contarnos lo que es España– lo verdaderamente importante es la prima del protagonista, tan rubia como una niña, Marta Larralde, tan deseable. Ella es España también, una antología de primas que son pecado mortal, un jardín de manzanas prohibidas y hombres desnudos con larga tradición. Desde Romance Pascual de los Pelegrinitos, de Federico García Lorca, simpático canturreo con el que Veiroj presenta a Tamayo comiendo pipas en un parque, a la Ópera prima de Fernando Trueba pasando, como no podría ser de otra forma, por La prima Angélica. Ocurre también en El apóstata como en aquella, que el pasado y el presente son la misma cosa, al igual que el sueño, pues ya lo decía Valle-Inclán: que las cosas no son como las vemos sino como las recordamos.

Por su culpa, por su culpa, por su gran culpa, Tamayo quiere dejar de ser católico porque lo es de los pies a la cabeza. Renegando de la fe de Cristo asume lo suya que es. Y cuanto más renuncia a ella, mejor es él, tan desastroso, tan fascinante, tan oscuro y, a la vez, de carcajada. Como aquel romance de Lorca, como el esperpento, como la obra maestra de Saura a la que le cayeron bombas por atizar al franquismo más represor. Como El apóstata, surrealista, sublime, historia de nuestro cine. Como esa España que no quiere serlo pero que cuanto más renuncia a sí misma, cuanto más duele, más hermosa y más España es.

No codiciarás a tu propia prima. No tomarás el nombre de España en vano. Amén.

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