Por - 01 de mayo de 2013

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Bajo la pátina de inmediatez, de cine social y comprometido, el cine vérité sudamericano esconde a veces auténticos fraudes, películas sin nada que contar ataviadas de cine directo, aquello que los cursis llamarían “una bocanada de aire fresco”. Estoy harto de esas películas “con aire documental” encumbradas por las secciones paralelas de los festivales, que sólo por su “desparpajo y espíritu social” ya merecen parabienes. 7 cajas es una de esas películas.

El título se refiere a la comprometida mercadería que el protagonista pasea durante todo el metraje, huyendo de la policía, la mafia y el hombre que quiere robárselas. Un argumento que no da ni para 80 minutos se convierte en casi dos horas de darle vueltas y más vueltas a lo mismo, de alargar como un chicle una anécdota mínima, un macguffin anémico, puro artificio que nunca funciona porque todo resulta inverosímil. No puede uno evitar preguntarse por qué el protagonista no guarda las cajas ya de entrada en un lugar seguro y se ahorra todo el trajín. Pero no, la cuestión es complicarlo todo porque sí, porque si no no habría historia que contar. ¿Y los actores? Bueno, puro amateurismo. Sobre todo en el caso del pobre jefe del tinglado, al que, para más inri, han caracterizado con gafas de culo de botella y unos dientes postizos, haciendo que resulte ridículo. 

 

VEREDICTO: Como una carrera de Los autos locos, sin fin ni motivo.