Por qué ‘Bohemian Rhapsody’ no debería ganar el Oscar

Nuestro Belcebú tiene un diablo reservado para la película de Rami Malek y de ese director al que nadie quiere mencionar.

Por - 18 de febrero de 2019

La campaña ‘anti-Oscar’ de CINEMANÍA sigue adelante: como cada año, esta web dedica las vísperas de los Premios de la Academia a explicar por qué las películas nominadas no son tan buenas como dicen (o no son tan buenas, en general), para así ayudar al público a mantener los pies en la tierra frente a tanta promoción y tanto bombo. Pero el caso de hoy es especial, porque lo que le sobra, precisamente, es bombo. Y solos de guitarra maratonianos, y  voces operísticas dobladas una y otra vez en el estudio hasta que la cinta amenaza con romperse de tanta pasada. Todo ello con el objeto de demostrar que Bohemian Rhapsodyese biopic de Freddie Mercury Queen dirigido por cierto cineasta innombrable, no merece llevarse la estatuilla por mucho que Rami Malek parta la pana. Gritar “Mamma mia, let me go!” no le servirá de nada al filme, porque nuestro Belcebú tiene un demonio reservado para él y todos sus defectos.

UNA GRAN INTERPRETACIÓN NO ES UNA GRAN PELÍCULA

Vamos a comenzar aceptando lo evidente: el trabajo de Rami Malek como Freddie Mercury es impresionante, recreando los tics y las amaneras del músico (y a veces, también su estratosférica voz) con precisión digna de verse. Los responsables de Bohemian Rhapsody lo saben, ya que buena parte de la promoción de la película (si no toda ella) ha girado en torno a los logros de su protagonista. Ahora bien: ¿sería eso razón suficiente para un premio gordo en los Oscar? En absoluto.

Aunque la Academia se empeñe en llevarnos la contraria, la estatuilla a Mejor Película debería premiar la excelencia de un filme en su conjunto. Así pues, los votantes de la institución no deberían dejarse llevar por argumentos circunstanciales (la coyuntura política, sin ir más lejos) o por aspectos que ya cuentan con su propia categoría en los Oscar. Así pues, si Malek es el elegido como Mejor Actor, a nosotros nos encantará verle subir al estrado. Pero si Bohemian Rhapsody acaba ganando la categoría reina, nosotros nos acordaremos de su puesta en escena ramplona, de ese guion que se limita a exponer rutinariamente una sucesión de hechos y de lo mucho que canta el CGI durante la escena final del concierto en Wembley. Eso, por no hablar de nuestro facepalm al escuchar ese guiño a Wayne’s World en boca (¡sorpresa!) del personaje de Mike Myers. Entonces, exclamaremos un contundente “Bismillah, no!”. Y vosotros sabréis que tenemos razón.

¿DÓNDE ESTÁ EL EXCESO?

 

Uno de los pocos momentos realmente creativos de Bohemian Rhapsody (la película) es ese en el que nos muestra las malas críticas recibidas por Bohemian Rhapsody (la canción) tras su lanzamiento en 1975. Algo que bien puede tomarse como una peineta del filme a sus futuras reseñas, y que a nosotros nos ha recordado cómo los plumillas de la época usaban la expresión “pomp rock” (de “pomposo”, claro) para insultar a Freddie Mercury y sus muchachos. Pero precisamente eso, la pompa, es lo que más hemos echado de menos.

No hace falta remitirse a los momentos más escabrosos de su biografía para saber que a Freddie le chiflaban las salidas de tiesto, el lujo oriental y los alardes elefantiásicos: “Una vez pensé en salir al escenario sobre una litera portada por esclavos nubios, pero ¿dónde encuentra uno esclavos nubios hoy en día?” es una de sus citas más memorables. Pero, a la hora de transcribir sus momentos de exceso y poderío, Bohemian Rhapsody se amilana, optando por una estética low cost y telefilmera cuando lo que de verdad le hubiese hecho justicia al personaje habría sido la exuberancia de un Fellini o de un Ken Russell. ¿Cosas de un presupuesto limitado? Tal vez, pero es triste que un personaje cuyo lema vital fue siempre “The bigger, the better, my dear” haya tenido una película tan pequeña… en todos los aspectos.

EL SIDA: UNA DEUDA QUE HOLLYWOOD NO PUEDE PAGAR

Tanto los herederos de Freddie Mercury como los miembros supervivientes de Queen han tenido derecho de veto en el guion de Bohemian Rhapsody. Algo que se nota, para empezar, en cómo la película esquiva los aspectos más turbios de la carrera del grupo, empezando por ese polémico concierto (1984) en la Sudáfrica del Apartheid. Pero que sobre todo afecta a dos aspectos muy delicados: la sexualidad de Mercury y su muerte a causa del sida. 

Aquí no vamos a protestar por el hecho de que el filme haga trampas con el calendario (en 1985, cuando Queen actuaron en el Live Aid, Mercury aún no padecía el síndrome), sino por cómo presenta los hechos y cómo podría haberlos presentado. Lo cierto es que Freddie nunca salió del armario, pese a vivir (y aprovechar) el auge de la liberación gay. Y también es cierto que se negó hasta el último momento a hacer pública su condición pese a que, revelándola, podría haber dado ejemplo a otras celebrities durante los años más duros de la pandemia. ¿Estamos diciendo que Bohemian Rhapsody debería haber condenado esas decisiones de su protagonista? No. Estamos diciendo que habría debido presentarlas en su contexto, para que el espectador pudiese meditar sobre ellas y (si procediera) comprenderlas. 

Si la Academia piensa que premiando a Bohemian Rhapsody podrá marcarse un tanto ‘humanitario’, está muy equivocada: lo único que hará será respaldar una narrativa llena de moralina en la cual la enfermedad y la muerte de Mercury aparecen como un castigo (¿divino?) por sus excesos. Algo que se acerca de forma muy inquietante a las posturas más intolerantes sobre el sida y sus víctimas. Si de algo estamos seguros es de que a Freddie eso no le habría hecho ni maldita la gracia.

SE SALTA LAS MEJORES ANÉCDOTAS

Dado lo que sabemos sobre Freddie Mercury, nos da en la nariz de que este habría estado de acuerdo con John Ford en al menos una cosa: en el mundo del rock, como en el Lejano Oeste, uno siempre imprime la leyenda cuando esta es mejor que la realidad. Y, dado lo llena que estuvo su vida de anécdotas bigger than life, es una pena que Bohemian Rhapsody se salte la mayor parte de ellas. Ojo: una vez más, aquí no nos referimos exclusivamente a las de carácter sicalíptico (o incluso orgiástico), sino a todas en general.

Ese Freddie que estrena We Are The Champions cantándosela (en el balcón de su casa, y en pelotas) a una pasmada cuadrilla de albañiles; ese Freddie que planta cara a un grosero Sid Vicious, haciéndole huir mediante una frase ocurrente y una caída de ojos; ese Freddie que recorre los garitos gays de Londres en compañía de una Lady Di travestida de chico; ese Freddie que, ya agonizante, graba la voz de The Show Must Go On en una sola toma… Algunas de esas historias son reales y están contrastadas por testimonios, otras no, pero todas forman parte de la mitología queeniana y merecerían un lugar en el filme. Bohemian Rhapsody debería haber aprendido del grupo que un poco de teatro (cuanto más autoparódico, mejor) nunca viene mal.

…Y EL ELEFANTE EN LA HABITACIÓN

A la Academia (y no digamos a los productores de la película) le encantaría que lo olvidáramos, pero en los créditos de Bohemian Rhapsody las palabras “Dirigida por Bryan Singer” aparecen en letras de molde. Dado que Singer se ha convertido (y con razón) en un apestado para Hollywood, el hecho de que el filme esté nominado a Mejor Película solo puede significar dos cosas: o a la institución esto le trae al pairo (está en su derecho), o se le ha olvidado ‘por casualidad’ que el director es, al menos en teoría, el responsable último de una película.

Esto último, la verdad, es bastante obviable: no en vano quienes recogen la estatuilla reina de los Oscar son los productores, y no su presunto autor. Por otra parte, dada lo preocupadísima que está la Academia últimamente por demostrar su conciencia social (ejem, Black Panther, ejem), estamos seguros de que sus miembros tienen muy, muy presente las acusaciones de abusos a menores formuladas contra Singer. Así pues, ¿qué alternativa nos queda? Pues la más chunga: la nominación a Bohemian Rhapsody es un gesto vacío, otorgado para aprovechar el tirón mediático de la película, pero sin la menor intención de traducirse en premio. Una posibilidad que nos hace sentirnos tristes por la memoria de Freddie Mercury y por el biopic que este se hubiera merecido y que nunca podrá ser. Vistos casos como este, a lo mejor lo del “Oscar a la película popular” no hubiera sido tan mala idea, después de todo.

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