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Juego de tronos

1 TANTÁN TANTÁN. Retumba en mis oídos Cármina Burana, así con tilde esdrújula en la ‘a’, como una tángana, cada vez que la Edad Media, aunque sea Baja, vuelve a mi vida. Me resguardo en la catedral de Huesca, paseo por la noche del Gótico barcelonés, como pulpo con cachelos en Santiago, me subo a un árbol con mis hijos como Robin Hood (Little John, más bien), escucho a políticos en campaña… Y también me pasa viendo Juego de tronos. La culpa es de Excalibur, que acertó con la verdadera canción de hielo y fuego, la original, la que compuso el alemán Carl Orff en los años 30 sobre aquellos cantos goliardos que encontraron excavando en el siglo XIX los pioneros arqueólogos. La película de John Boorman, un cineasta muy reivindicable, aunque en 1981 venía de fastidiarla con El exorcista II: el hereje y necesitaba recuperar el ángel, fue una especie de revolcón visual a la tradición. El cineasta que llevó a Godard al policíaco de Hollywood con A quemarropa y que nos puso mirando a Cuenca con Deliverance, se atrevía con un Ciclo Artúrico muy diferente al que conocíamos. Hizo hincapié en la fantasía para marcar la frontera entre leyenda e historia. Antes, solo Welles y sus Campanadas a medianoche, La armada Brancaleone de Monicelli, el Lancelot du Lac de Bresson y los puñetazos de Monty Phyton sobre la mesa cuadrada habían intentado renovar un género, el histórico, subsección medieval, cuya estampa seguía dependiendo de la estética hollywoodiense. La casualidad ayudó también: llovió durante todos y cada uno de los días de rodaje en exteriores (la verde Irlanda), algo que le dio a la película esa pátina de brillo húmedo que tan bien combinaba con la pechera plateada de Helen Mirren, que el cineasta, pillín fetichista, guarda aún en su casa.

MÁS ALLÁ. A medias entre George R. R. Martin y esos genios de HBO, Juego de tronos hizo lo mismo que Boorman, pero a la inversa: añadió historia (o leyenda) a la fantasía, y puso al combinado a jugar en varios campos a la vez. Por tierra, mar y aire. En el desierto, el jardín, el barrizal y la nieve. Y nos pilló en una cota de hastío: estábamos ya un poquito cansados de posmodernidades al retratar la antigüedad. Lo de 300 tenía un pase, venía de un cómic. Pero lo de tantas y tantas producciones, de Gladiator (sí, la sobrevaloradísima Gladiator) a Guy Ritchie metido a sota de espadas, pasando por reyes Arturos expertos en artes marciales, entre Beckhams, cámaras lentas y flechas con efecto bullet time. El culo de Braveheart fue el estertor final de la recreación histórica à la Bronston. Se agradece lo de Lanthimos con La favorita y sus gloriosas lentes de culo de vaso, pero Kubrick demostró que del Renacimiento en adelante todo es modernidad, así que gozamos aún más con que el sudor y el frío nos traspasen como en Juego de tronos, que es un homenaje a Boorman, Lean y Flaherty, puesto al día de kamasutras. Cuenta el director británico de Excalibur (Juego de tronos tiene ese deje british también) que, en pleno rodaje de las secuencias en que los caballeros se reúnen en formación alrededor de la recreación de las piedras de Stonehenge, apareció un grupo de turistas norteamericanos que, al estilo National Lampoon de Las vacaciones europeas de una chiflada familia americana, creyó que toda aquella parafernalia era real. Aquello sucedió (otra vez) de chiripa, pero con los tours organizados para visitar los lugares de rodaje, España sin ir más lejos, Juego de tronos ha ido definitivamente más allá.

CONTENTOS. Juego de tronos recoge bien la veta fantástica (de Merlín a la sacerdotisa roja), la sexualidad latente (ya explotada en Roma, la serie) y la violencia tremendista de Excalibur, y su final se presenta como una nueva oportunidad de dejar dos bandos entre sus seguidores. Las series clave no hacen prisioneros con sus finales: como Los Soprano, como Perdidos, la expectativa es tan alta que, aunque esperamos la salvación de Poniente de las garras de los caminantes blancos, hay que dejar un resquicio abierto a nuevas posibilidades. Todo por sustituir de nuestros tarareos el Cármina Burana por esa sintonía que sobrevuela el mapa shakesperiano de este invierno de nuestro descontento, y hacernos felices.

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