¡Para qué tanto!

26 de julio de 2010

ANTES QUE NADA UNA COSA: puede que al enfrentarse a esta columna tengan la sensación de que ya la han leído. Quizás llegan a la conclusión de que me repito más que el ajo. No se preocupen,
esa experiencia se llama déjà vu y la acuñó por primera vez Émile Boirac, científico que también inventó los parches color carne para los ojos vagos, y la merienda cena, por cierto.

De cualquier forma me gustaría advertir que lo escrito a continuación es  totalmente nuevo y original.

Existen actores que son capaces de transformarse en cada película como si fueran camaleones. Orlando Bloom, Matthew McConaughey, Keanu Reeves por ejemplo, nunca hacen el mismo
papel. ¡Bien por ellos! Pero, ¿por qué tanto esfuerzo? ¿Merece la pena gastar tanta energía interpretativa? Mi respuesta es un rotundo e hiperrealista NO. En mi corta pero exitosa carrera como actor he llegado a la conclusión de que lo mejor es ENCASILLARSE. Saber hacer un personaje bien o a lo sumo dos evita confusiones y te abre muchas puertas. Los directores de cásting saben a quién llamar y los directores no se ven obligados a dar palos de ciego al trabajar contigo. De hecho he observado con estupor cómo hay actores que, empeñados en explorar otros registros, aturden con todo tipo de preguntas a los realizadores: “¿De dónde viene mi personaje? ¿Qué lo mueve?”. Obligando a éstos a improvisar respuestas sobre la marcha. En cualquier caso el resultado al final nunca es bueno, y luego viene la frustración y los gritos.

Yo tengo dos registros. Puedo hacer de tontico o de manchego y los dos los bordo. Cuando un director quiere que haga de tontico, solamente tiene que decir: “Joaquín haz de tontico”. Y lo mismo cuando quiere que haga de gañán, así de sencillo. Y os aseguro que conmigo jamás se alarga un rodaje. Y los productores están contentos y el director está contento y los técnicos mucho más. Para terminar me gustaría compartir con vosotros una curiosidad. Yo casi nunca tengo la sensación de haber experimentado previamente una sensación nueva. A mí me pasa lo contrario, yo muchas veces me digo: “Esto nunca me ha pasado. A esto le he puesto nombre, lo he llamado: ‘Buge las”.

¡Para qué tanto!

26 de julio de 2010

ANTES QUE NADA UNA COSA: puede que al enfrentarse a esta columna tengan la sensación de que ya la han leído. Quizás llegan a la conclusión de que me repito más que el ajo. No se preocupen,
esa experiencia se llama déjà vu y la acuñó por primera vez Émile Boirac, científico que también inventó los parches color carne para los ojos vagos, y la merienda cena, por cierto.

De cualquier forma me gustaría advertir que lo escrito a continuación es  totalmente nuevo y original.

Existen actores que son capaces de transformarse en cada película como si fueran camaleones. Orlando Bloom, Matthew McConaughey, Keanu Reeves por ejemplo, nunca hacen el mismo
papel. ¡Bien por ellos! Pero, ¿por qué tanto esfuerzo? ¿Merece la pena gastar tanta energía interpretativa? Mi respuesta es un rotundo e hiperrealista NO. En mi corta pero exitosa carrera como actor he llegado a la conclusión de que lo mejor es ENCASILLARSE. Saber hacer un personaje bien o a lo sumo dos evita confusiones y te abre muchas puertas. Los directores de cásting saben a quién llamar y los directores no se ven obligados a dar palos de ciego al trabajar contigo. De hecho he observado con estupor cómo hay actores que, empeñados en explorar otros registros, aturden con todo tipo de preguntas a los realizadores: “¿De dónde viene mi personaje? ¿Qué lo mueve?”. Obligando a éstos a improvisar respuestas sobre la marcha. En cualquier caso el resultado al final nunca es bueno, y luego viene la frustración y los gritos.

Yo tengo dos registros. Puedo hacer de tontico o de manchego y los dos los bordo. Cuando un director quiere que haga de tontico, solamente tiene que decir: “Joaquín haz de tontico”. Y lo mismo cuando quiere que haga de gañán, así de sencillo. Y os aseguro que conmigo jamás se alarga un rodaje. Y los productores están contentos y el director está contento y los técnicos mucho más. Para terminar me gustaría compartir con vosotros una curiosidad. Yo casi nunca tengo la sensación de haber experimentado previamente una sensación nueva. A mí me pasa lo contrario, yo muchas veces me digo: “Esto nunca me ha pasado. A esto le he puesto nombre, lo he llamado: ‘Buge las”.

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