Por - 11 de marzo de 2019

Hay en el cine periférico, por utilizar un término del claustro académico, una cierta tendencia a poner el foco en los pobres y apaleados, como si esa condición fuera la única vía para que estos cines tomen envergadura en los ejes de decisión del gusto cinematográfico. No es algo novedoso y tampoco tiene visos de concluir pronto, pero en este tipo de relatos una prefiere el tono naíf al sensacionalismo de la miseria. En Yomeddine nos encontramos en el primer escenario, siguiendo los azares de un leproso y un huérfano en sus aventuras por encontrar quiénes son, como si fueran una suerte de Tom Sawyer y Huckleberry Finn que, bordeando el río Nilo en vez del Mississippi, huyen de un presente sin horizontes para crear su propio destino.

Es una revisión del motivo de la road movie como mínimo peculiar, aunque en ningún momento de esa aventura A.B. Shawky logra calibrar la mirada condescendiente que su cámara y su historia impone. “Soy un ser humano”, grita en un momento Beshay, el leproso protagonista al sentirse amenazado en el interior de un autobús, en una exclamación ‘prestada’ de El hombre elefante, de David Lynch; y sabemos enseguida que ese chillido trata de interpelar a nuestro humanismo, parapetado tras nuestra condición de espectadores. Es un recurso absolutamente legítimo, pero, todo sea dicho, cuestionable cinematográficamente. Como otros en la película.

Marginados, parias o héroes fuera de la norma: este es su viaje.