Por - 08 de enero de 2016

Si esta película tiene un problema (que lo tiene), éste puede enunciarse como sigue: Bryan Singer, que ayudó a crear el actual cine de superhéroes, no se aclara sobre cómo realizarlo ahora que éste ya es una realidad. Algo que da rabia, porque, cuando la primera X-Men llevó a los mutis a la pantalla, el director labraba en terreno virgen. Y, para colmo, lo hacía estupendamente. A raíz, en parte, de sus esfuerzos, los tipos con disfraz adquirieron carta de naturaleza en el cine, y con ello ha llegado su mayor desafío: tras casi veinte años, no basta con poner las viñetas en movimiento, sino que, además, hay que hacerlo bien, aprovechando todo lo que ellas pueden darle al cine y todo lo que el cine puede darles a ellas. Ahí es donde X-Men: Apocalipsis mete la pata.

En lugar de otros filmes superheróicos, que aburren en el primer tercio hasta que se les cargan las pilas, Apocalipsis comienza por todo lo alto. Ahí está ese prólogo a lo Tierra de faraones, entrañablemente kitsch, y, sobre todo, la presentación de un Michael Fassbender sublime y siderúrgico. Es entonces, según va apareciendo la espectacularidad a gran escala, cuando al filme se le cala el motor. Que el diseño de producción rebose colorines y plastiquillo de bazar chino no es un defecto, porque (y ahí tenemos Batman v Superman para comprobarlo) el afán de solemnidad es fatal para una cinta como esta. Pero hay cosas que no pueden pasarse por alto, como el guión narrado a costurones, la repetición del show en tiempo bala de Evan Peters (más largo, más rápido… y bastante peor) o la desgana de Jennifer Lawrence. Apuesten con sus amigos un céntimo por cada plano en el que la actriz ponga cara de “a mí, plim”: saldrán del cine, si no ricos, sí con presupuesto para una caña o dos.

Al menos, y a diferencia de X-Men: Días del futuro pasado, Singer no juega a multiplicar personajes sin necesidad en busca del guiño fácil. Pero eso tampoco vale demasiado, porque dichos personajes van perdiendo su entidad conforme avanza el metraje. Hay excepciones, claro: aquellas que tienen, desde el principio, la profundidad de la cartulina. De esta manera, Apocalipsis pierde de vista el aspecto clave del original: por más llamativos que sean sus poderes, por más que quieran apabullarnos sus aventuras, los héroes no serán nada hasta que no nos den razones para quererlos, o para detestarlos. Y, en este filme, esas razones escasean. Tal vez el director debería revisar cuanto antes X-Men 2. Al fin y al cabo, él fue quien la hizo.

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