Por - 29 de enero de 2019

Tras la tremenda Nightcrawler (la mejor película sobre periodismo estrenada en el siglo XXI), el baño de la crítica a Roman J. Israel, Esq. hizo que algunos plumillas empezasen a mirar de reojo a Dan Gilroy. Así pues, las buenas vibraciones emitidas por el tráiler de Velvet Buzzsaw despertaron de nuevo las esperanzas de haber encontrado en el hermano pequeño de Tony (y gemelo de John, su montador habitual) un director capaz de conciliar lo ‘popular’ y lo ‘culto’. Siempre que por lo primero entendamos el terror de serie B, escuela Destino final, y por lo segundo ese Robert Altman cuya obra (especialmente El juego de Hollywood) ha citado el director como influencia en esta película.

La cuestión es que dichas expectativas pueden perjudicar el visionado de Velvet Buzzsaw, en caso de que uno espere de ella esa entidad ‘artística’ a la que darían su aprobación los protagonistas de la película. Y no será porque el director no se esfuerce, la verdad. Durante la primera mitad del filme, Gilroy se empeña en ofrecer una sátira coral sobre aves rapaces, víboras cornudas, gusanos viscosos y demás especies habituales en el ecosistema de las galerías de arte, algo que le lleva a pintar un paisaje más similar al de Eva al desnudo que a los torbellinos verbales de Altman. Y, aunque esta sección no cae por su propio peso (cómo iba a caer, si su reparto es formidable y lo da todo en cada escena), sí que acaba produciendo algo de hartazgo. Al correr de los minutos, uno se cansa de tanta afilada pulla, de tanto cálculo de porcentajes y de tanta puñalada con pretexto estético, sobre todo porque sus conclusiones no son especialmente novedosas ni profundas. Así pues, empieza a revolverse en la silla, a mirar el reloj y a preguntarse qué habría hecho Nicolas Winding Refn con una premisa así. Pero entonces la cosa cambia, y para mejor.

¿A qué obedece ese cambio? Pues, básicamente, a que la película abandona la comedia sofisticada (territorio en el que nunca llega a hacer pie) y se metamorfosea en una de esas farsas de terror cuyo deleite está en ver a individuos despreciables cayendo como moscas. Desde cierta escena muy tremebunda centrada en el personaje de Toni Collette (divertidísima, sobre todo cuando el guion la junta con ese Jake Gyllenhaal locaza y gafapasta), las florituras desaparecen y las truculencias se adueñan del cotarro. Es entonces cuando este crítico ha empezado a reírse de verdad, y también a apreciar de verdad el retrato que hace Velvet Buzzsaw de las artes plásticas como un mercado especulativo donde no hay lugar para la sinceridad, la creatividad o el afecto. Así, cuando llegan los créditos finales, uno agradece los buenos ratos (que son bastantes) y aprecia la moraleja: la película resulta más eficaz cuanto menos trata de venderse a sí misma como un artículo de lujo. 

La sátira artística de Dan Gilroy, mejor cuanto más lejos del museo y más cerca de la serie B.

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