Por - 02 de abril de 2019

De la toma de la Bastilla en abril de 1789 hasta la espectacular muerte de Luis XVI, guillotinado el 21 de enero de 1793, la cinta de Pierre Schoeller sobre uno de los períodos seminales del mundo contemporáneo, esto es, la Revolución Francesa, trata de ser lo más coherente posible con los personajes, que no son pocos, y con las fuentes que testimoniaron aquellos hechos. A través de una composición coral preocupada por el detalle y con el foco puesto en el pueblo llano y el movimiento de los sans-culottes, Un pueblo y su rey reúne a la crême de la interpretación gala (Adèle Haenel, Gaspard Ulliel, Louis Garrel, Denis Lavant, Laurent Lafitte) con el fin de convertirse en un fresco lo más completo posible de los episodios revolucionarios y, a la vez, de huir del relato académico; en ocasiones, sin embargo, con poco éxito. Es imposible negar la pesadez narrativa en que cae en según qué momentos el largometraje, pero cualquiera que haya profundizado un mínimo en los libros sobre la Revolución comprenderá el ánimo riguroso de Schoeller, especialmente meticuloso en las escenas ambientadas en los escaños del parlamento y en el desenlace, una bien planteada secuencia en el patíbulo de la plaza de la Revolución (hoy, Plaza de la Concordia), escenario público de las entonces llamadas “misas rojas” y lugar donde cobra protagonismo, en palabras de Jacques-René Hébert, la Santa Guillotina.

El torbellino revolucionario, contado por las clases populares.