Por - 13 de diciembre de 2018

Mucho se compara a Koreeda con Ozu, tanto por pereza de la crítica occidental al indagar genealogías como por los evidentes parecidos entre los intereses de ambos erizos del cine japonés: la mecánica de las relaciones familiares, el ritual de la comida en compañía como elixir de la vida, el paso del tiempo atravesando los espacios cotidianos. Sin negar lo anterior –no hay mejor halago que te coloquen en la órbita del mayor maestro del cine–, en realidad el director de Nadie sabe a quien se siente más vinculado es a Mikio Naruse y sus sombríos dramas de clase obrera. Las cuestiones económicas nunca son ajenas a las historias de familias recompuestas donde este cineasta sosegado –pero incansable: va casi a película por año– ha encontrado una zona de confort de la que sale poco, que le permite ponerse cómodo y perfeccionar detalles como este relato de carestía y supervivencia.

Un asunto de familia, galardonada con la Palma de Oro en Cannes, puede que no sea la mejor obra de Koreeda –¿es muy obstinado seguir aseverando que esa es After Life (1998)?–, pero sí compendia sus constantes de manera serena y tonifica el alma. Hay familia formulada a través de la convivencia y las cadenas de afectos en vez de la sangre, movilización de los cuidados personales contra la deshumanización capitalista, menores especializados en el hurto para subsistir y hasta Kirin Kiki en su último papel de abuela todoterreno. Como ocurría en las recientes Nuestra hermana pequeña (2015) o Después de la tormenta (2016), lo que da vuelo a la película son las escenas en suspensión –la hora de la cena, un día en la playa, un encuentro sexual muy íntimo y conmovedor– antes que el desarrollo dramático de una historia liviana. Esos momentos que habitamos junto a los personajes son todo un privilegio, porque la gente con la que mejor tiempo pasas acaba siendo tu auténtica familia.

Por mucho que corra el riesgo de repetirse, nunca se agota. Cuando se trata de hablar de la familia, Koreeda se lleva la palma.