Por - 11 de enero de 2016

Ante un escritor como David Foster Wallace es difícil hallar una escala tan elástica que sea capaz de hacer justicia por un lado a la ambición de sus ficciones desbordadas en mil ramificaciones, registros y notas al pie y a la vez a la cercanía de los temas mundanos –del porno a las ferias estatales– que atravesaba con sus artículos. Por lo tanto, el primer acierto de James Ponsoldt al abordar una figura tan esquiva consiste en la delimitación precisa y restrictiva de lo que quiere tratar: la entrevista que, durante cinco días, le hizo David Lipsky a Foster Wallace al final del tour literario de presentación de La broma infinita (1996), justo cuando su prestigio y fama comenzaban a eclosionar.

Dentro de esos márgenes, el director de tratamientos de personajes tan poliédricos y espontáneos como Tocando fondo (2012) o Aquí y ahora (2013) se dedica a recrear las transcripciones dejando que sean Jason Segel como Foster Wallace y Jesse Eisenberg como Lipsky quienes levanten el peso de la película con sus interpretaciones, calculadas y a veces demasiado inclinadas hacia el lucimiento personal. Si no fuera por las brevísimas apariciones de Anna Chlumsky, Joan Cusack o Mamie Gummer con líneas de diálogo más cortas que muchos epígrafes de Foster Wallace, The End of the Tour podría ser un baile exclusivamente de dos. Un partido de tenis verbal donde un par de escritores ególatras con tendencias obsesivas, uno asustado por el éxito que tiene encima y otro celoso de poder saborear ese miedo, juegan a tensarse intelectualmente mientras devoran comida basura. Más cerca de las insidias recreativas de La huella (1972) que de la espiral dialéctica de Mi cena con André (1981), con este filme la figura de Foster Wallace sigue inasible: bastante alejada de todo.

Dos mentes rápidas juegan al ajedrez con sí mismos de peones.

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