Por - 25 de noviembre de 2018

Después del juicio contra el nazi Adolf Eichmann, la pensadora Hannah Arendt acuñó el concepto de la banalidad del mal y transformó toda perspectiva sobre la culpa y la reconciliación. A finales de 1977, la banda de Baader-Meinhof, la Fracción del Ejército Rojo, llevó a cabo sus atentados más sonados, como el asesinato del empresario y antiguo oficial nazi Schleyer o el secuestro del vuelo 181 de Lufthansa; el conocido como ‘Otoño alemán’ acabó con la muerte de los reclusos de la banda detenidos en la prisión de Stammheim, catalogados como suicidios pero más que sospechosos de ejecución extrajudicial. Ese mismo año también se estrenaba en cines de toda Europa Suspiria, la nueva película de terror donde el italiano Dario Argento llevó hasta terrenos de máximo delirio estético y sobrenatural los preceptos del giallo que él mismo había ayudado a instituir. Todo esto ha tenido en cuenta Luca Guadagnino al hacer su propia versión de la película que le obsesionó durante la adolescencia. Ante la tarea de rehacer uno de los filmes más inimitables que ha habido, siendo imposible copiar su derroche de color y las notas de sintetizador de Goblin que se clavaban como puntas de alambre, el italiano ha tomado la vía de la revisión personal en vez de la copia sin alma.

Los mejores remakes son aquellos que eliminan de un plumazo cualquier necesidad de invocar la obra original para hacer comparaciones. Si hasta ahora en el terror eran canónicos los ejemplos de La cosa (1982) y La mosca (1986), también lo será la Suspiria de Guadagnino. En esencia, sigue tratándose de la historia de una joven estadounidense cuando llega a Alemania para estudiar en una prestigiosa academia de danza que sirve como tapadera a un aquelarre de brujas. Pero lo que Argento contaba siguiendo una estructura de cuento febril, en manos del guionista David Kajganich se transforma en un ballet con seis actos y epílogo, ambientado en una Berlín nublada, gris y atravesada por fuerzas tan agresivas como los movimientos de baile de Dakota Johnson.

Si ella se deja la piel sobre la tarima y modula sus gestos con decisión, corresponde a Tilda Swinton un triple tour de force actoral (y protésico) que engrandece aún más su leyenda. Hasta Mia Goth y Chloë Grace Moretz están espléndidas fumando cigarrillos entre fouettés y demi-pliés o encarnando ansiedad pura ante el misterioso psicoanalista jungiano que emerge como aportación más sorprendente de esta versión. Guadagnino ha juntado con mimo el ramillete de actrices que integran su filme. Además del regreso de Jessica Harper, ahí están Ingrid Caven y Angela Winkler; no solo la conexión con Fassbinder es insoslayable, sino que Alemania en otoño (1978), el filme colectivo que retrató el contexto histórico de esta película, ha sido una fuente mucho más consultada que cualquier copia del Malleus Maleficarum.

Suspiria sostiene que el mal tiene una genealogía y una filiación más allá de banalidades, rastrea la adhesión al nazismo y los grupos terroristas. Guadagnino no se sirve del terror para trazar un discurso artístico; como Dreyer, Buñuel, Bergman, Argento o Kubrick antes que él, saca terror del arte.

Prácticamente magia: el remake de una obra maestra inimitable es igual de fascinante y terrorífico que aquella sin parecerse en nada.

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