Star Wars: Los últimos Jedi

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Por - 05 de diciembre de 2017

Las promesas incumplidas son una cruz con la que Star Wars tendrá que cargar hasta el fin de los tiempos: durante sus cuatro décadas, el serial ha ofrecido múltiples ocasiones para que los profanos y los fans con espíritu crítico se sientan decepcionados, tanto en el mundo tangible (ese George Lucas de 1977, prometiendo millones a espuertas para sus colegas del Nuevo Hollywood) como, y sobre todo, en pantalla grande. Tentando a nuestra imaginación con un campo de juegos ilimitado, la mayoría de filmes galácticos posteriores a El Imperio contraataca (1980) acabaron por reciclar lugares y conceptos, sin jugar con sus posibilidades para el asombro, el miedo, la risa o el mero gozo de inventar disparates. El despertar de la Fuerza, un filme que J. J. Abrams realizó con devoción excesiva, ratificó esta verdad, y nos hizo temer a algunos que el viejo Lucas tuviese razón: las precuelas, señaló entonces el fundador de la saga, intentaban al menos mostrar aspectos inéditos de la Galaxia Muy, Muy Lejana, aunque estos apareciesen de aquella manera

Durante un visionado de Los últimos Jedi es inevitable tener en cuenta estos parámetros. Y, haciéndolo se llega a varias conclusiones: la película de Rian Johnson es ingenua hasta lo tontorrón, está enamorada de sus personajes, la pasión de fanboy le rebosa por las esquinas y a su guion, más que huecos, se le aprecian tomates de calcetín. Pero la conclusión es que, en esta era de comités ejecutivos que padecemos hoy, todo lo anterior no es un defecto, sino una virtud enorme capaz de conferirle al producto cosas de las que El despertar de la Fuerza carecía casi por completo desde su segunda mitad: frescura, vida, alegría. Decir que este filme podria ser el fan fiction de un adepto con acné, o uno de esos cómics, juegos y relatos que poblaban el Universo Expandido antes de que Disney se lo cargase, es el mayor elogio posible, puesto que Johnson parece el único implicado actual en las películas de Star Wars que se permite olvidar la continuidad, los precedentes y esos manuales de instrucciones que, con el tiempo, acaban sirviendo sólo para hacer hogueras. En lugar de todo ello queda el proceso que tiene lugar en los cerebros de millares de chavalas y chavales según salen de ver las películas: preguntarse “¿Qué pasaría si…?” y darse el placer de encadenar ideas. Cuanto más locas, mejor.

Lo de antes, claro, es mera ingenuidad: apenas habrá nada en Los últimos Jedi que no haya sido aprobado en una junta de directivos. Pero podemos olvidarlo, por ahora, y quedarnos con sus bondades: esas mascotas que no repugnan (y que se hacen de querer, en parte, porque aparecen lo justo), estrellas invitadas (Laura Dern, Benicio Del Toro) cuyas intervenciones van más allá del cameo de lujo, una Carrie Fisher que se digna recordarnos cuánto la añoraremos y un Mark Hamill digno compadre de ese Han Solo que se fue. Y una osadía visual y conceptual que nos hace habitar (por primera vez en demasiado tiempo) un mundo realmente fantástico en el que puede ocurrir casi cualquier cosa. Veamos cuánto dura el subidón. 

Viajando audazmente allá donde 'El despertar de la Fuerza' no pudo (o no se atrevió a) llegar.

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