Por - 25 de abril de 2019

Parecía que habíamos perdido a Zhang Yimou. Durante los últimos años el máximo exponente de la Quinta Generación del cine chino ha hecho de todo, a cada cosa más sorprendente –desde la ceremonia de apertura de unos Juegos Olímpicos (Beijing 2008) hasta remakes de los Coen (Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos), pasando por películas con Christian Bale (Las flores de la guerra) o Matt Damon (La gran muralla)–, pero nada especialmente memorable. Incluso su último reencuentro con Gong Li (Regreso a casa) quedó bastante reseco, como si se le hubiera drenado toda la energía. Precisamente, de las cenizas de esa tierra quemada ha renacido con Sombra; flor que emerge de una vegetación calcinada, tan reluciente como las gotas de sangre que salpican el universo blanquinegro donde se desarrolla este wuxia casi pintado a acuarela.

El Romance de los Tres Reinos, escrito en el siglo XIV, es la base de una historia con más intrigas palaciegas, suplantaciones de identidad, ambiciones de poder, duelos de honor, amenazas y puñaladas traperas que un maratón de Juego de tronos. Igual que ocurría en anteriores y deslumbrantes incursiones de Zhang en el género de artes marciales, el ovillo argumental es mucho menos importante que la sucesión de peleas coreografiadas con precisión neurocirujana, espectacularidad gimnástica y originalidad armamentística (nunca verás los paraguas igual). Solo que, en vez de exhibir la pirotecnia cromática de Hero o La casa de las dagas voladoras, el mundo de Sombra ha proscrito el color. Como atrapados en un enorme taijitu (el símbolo taoísta del yin y el yang), estos monarcas, guerreros y concubinas viven en un mundo lluvioso en escala de grises, donde la única variedad la aportan los rostros, la sangre y el fuego. No está nada mal que un cineasta que desde los lejanos tiempos de Sorgo rojo ha hecho del color su principal herramienta tome esta vía para purificarse y volver a la batalla.

De un wuxia color ceniza, el fénix Zhang Yimou renace.