Han Solo: Una historia de Star Wars

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Por - 01 de abril de 2018

Tal vez George Lucas inventase Star Wars, pero puede decirse sin miedo que la auténtica creación de la saga corresponde a otras personas. A muchas personas, de hecho. Guionistas (como Lawrence Kasdan, que firma el guión de este filme con su hijo Jonathan), diseñadores, autores de cómics, novelistas a sueldo y, sobre todo, muchos fans se encargaron durante décadas de poner carne sobre los huesos del serial. Porque, si bien todo eso de la Alianza Rebelde, el Imperio y los Jedi está muy bien, su auténtico valor aparece cuando se usa de pretexto para contarnos dónde duermen, qué comen, en qué trabajan o qué musica bailan los habitantes de la Galaxia Muy, Muy Lejana. Han Solo dedica mucho espacio a esos pequeños detalles, y por eso (entre otras cosas) no resulta el desastre que se auguraba hasta ahora. 

A poco que se esté al tanto de cómo se rodó esta película, es inevitable echar de menos a Phil Lord y Chris Miller: la huella de los autores de Lluvia de albóndigas (expulsados por Disney de mala manera) se sigue notando aquí, y uno piensa que su despido nos ha vetado la posibilidad de ver un filme mucho más gracioso y memorable. Pero aquí hay una buena noticia: el Ron Howard que sustituye a los directores originales no es el que algunos nos temíamos (el de Una mente maravillosa y El código Da Vinci, para entendernos) sino el otro, el bueno, el que firmó Loca escapada a Las Vegas, Un, dos, tres… ¡Splash! y Willow antes de irse a narrar capítulos de Arrested Development. Pese a que ocasionalmente se le notan los descuidos de un rodaje contrarreloj, el trabajo de Howard resulta tan desacomplejado, tan juvenil incluso, que uno recuerda que, cuando él empezó a ser fan de todo esto, la mayoría de sus espectadores actuales aún no habían nacido.       

Menos mal, eso sí, que el director estaba en su salsa: si hubiera sido por Alden Ehrenreich, a buenas horas iba este Han Solo a batir récords en la Ruta de Kessel. Aun asumiendo que las comparaciones son odiosas, y que Harrison Ford sólo hay uno, el actor resulta acartonado hasta el punto de hacernos cuestionar de dónde le vino el talento que demostró en ¡Ave, César! En serio: cuando Emilia Clarke (quien, sin ser un dechado de intensidad, salva al menos los muebles) despierta más interés que tú en la pantalla, es que tienes un problema. El resultado de dicha carencia es, como ya apuntaron algunos tras el pase en Cannes, una película de Han Solo donde Han Solo es lo menos interesante.

¿Dónde reside entonces el valor del filme? Pues, para empezar, en una estructura bien compensada y en la renuncia a ese tono de seriedad que estuvo a punto de estrangular a Rogue One. Para seguir, en una pléyade de secundarios estupendos, desde el aclamado Donald Glover a la pareja de Thandie Newton y Woody Harrelson (la historia de amor más verosímil y entrañable de la Galaxia después de esa que te estás imaginando) y la robot activista con la voz (en VO) de Phoebe Waller-Bridge. Y para terminar, aunque la verán irrelevante, está esa ambientación que nos hace habitar la Galaxia como nunca desde la última vez que Han se tomó un copazo en la cantina de Mos Eisley.

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