Por - 13 de enero de 2015

Qué bonito espectáculo asistir al recital de una actriz. Lo de Julianne Moore en Siempre Alice es un recital, sí. Un recital discreto, sin aspavientos ni memeces. Es a una fiesta íntima donde nos convoca Moore, oficiando un papel claramente pensado para su lucimiento. No vamos a negarle la parte de maniobra oscarizable, pero no es éste motivo suficiente para quitar hierro al trabajo admirable de la actriz. Hay en su gesto y su mirada, en las posiciones de su cuerpo y en el destello de una lágrima, aquellos matices que nos gusta descubrir. Los intangibles que inyectan calado a una obra. En su piel, en las arrugas bellas de su rostro, es donde hallamos el contenido auténtico de esta película. Trata sobre el Alzheimer, sí. Sobre el vacío que provoca en quien lo padece y en quienes le rodean. Sobre las ausencias concatenadas y el desgarro del alma. Es sencilla, casi simple, éste es su valor. El tándem de directores ha imaginado un filme desnudo, con un final precioso. En el que sobran un par de cancioncillas pero te olvidas de ello rápido. Y Moore está bien arropada. En este sentido, hay dos cosas de las que no me había percatado antes. Que desde hace poco Alec Baldwin aporta a sus películas una agradable sensación de tranquilidad. Y que Kristen Stewart estaba sólo de paso por el infausto Crepúsculo y que su magnetismo con la cámara no hará más que incrementar con el paso de los años. Una película humanista. Serena y hermosa.

Qué bonito espectáculo asistir al recital de una actriz. Lo de Julianne Moore en Siempre Alice es un recital, sí. Un recital discreto, sin aspavientos ni memeces. Es a una fiesta íntima donde nos convoca Moore, oficiando un papel claramente pensado para su lucimiento. No vamos a negarle la parte de maniobra oscarizable, pero no es éste motivo suficiente para quitar hierro al trabajo admirable de la actriz. Hay en su gesto y su mirada, en las posiciones de su cuerpo y en el destello de una lágrima, aquellos matices que nos gusta descubrir. Los intangibles que inyectan calado a una obra. En su piel, en las arrugas bellas de su rostro, es donde hallamos el contenido auténtico de esta película. Trata sobre el Alzheimer, sí. Sobre el vacío que provoca en quien lo padece y en quienes le rodean. Sobre las ausencias concatenadas y el desgarro del alma. Es sencilla, casi simple, éste es su valor. El tándem de directores ha imaginado un filme desnudo, con un final precioso. En el que sobran un par de cancioncillas pero te olvidas de ello rápido.

Y Moore está bien arropada. En este sentido, hay dos cosas de las que no me había percatado antes. Que desde hace poco Alec Baldwin aporta a sus películas una agradable sensación de tranquilidad. Y que Kristen Stewart estaba sólo de paso por el infausto Crepúsculo y que su magnetismo con la cámara no hará más que incrementar con el paso de los años. Una película humanista. Serena y hermosa.

Julianne Moore no esconde nada, todo a la vista.

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