Por - 18 de marzo de 2017

Advertencia: el título en castellano de esta película es una trampa. Y no porque Un italiano en Noruega rehúse tirar de tópicos nacionales para sus chistes. La cuestión es que, en este vehículo de lucimiento para el cómico Checco Zalone, ese choque entre el sureño vivales y el norte cuadriculado resulta lo más prescindible. El verdadero eje de la película es esa figura que, para los italianos (y los españoles) resulta tan temida, odiada y admirada como la de Darth Vader para los fans de Star Wars: el funcionario con puesto vitalicio.

Desde ese travelling oficinista a los sones de Romina y Al Bano (el mejor gag de la cinta… y llega en el primer cuarto de hora), la obligatoria historia de amor y los contrastes culturales se quedan en casi nada. Aquí, lo que interesa es el combate entre el protagonista y la implacable dottoressa de ministerio romano a la que interpreta Sonia Bergamasco. Uno está dispuesto a ir a donde sea (¿Lampedusa? ¿el Ártico? ¡venga acá el billete!) con tal de no perder las 14 pagas y los cafelitos de media mañana. La otra está deseando apearle del sillón en nombre de la eficiencia… y de quedar bien ante sus jefes. Así, cuando uno se topa con la dirección de Gennaro Nunziante, tan desnortada, y con lo cargante que se pone a veces Zalone, se pregunta lo que hubieran hecho un Gassman y un Risi, o un Sordi y un Monicelli, con una premisa así. ¿Más refinado? Tal vez no. ¿Más divertido? Seguro.

Paliará tu mono de 'commedia all’italiana', pero no mucho más.