Por - 16 de marzo de 2015

Vale que Pier Paolo Pasolini decretó la muerte del arte narrativo hace ya 40 años, pero hay que seguir intentándolo, sobre todo si uno no es Pasolini y no sabe hacer virguerías con ese exquisito cadáver. Abel Ferrara nos gusta cuando dirige desde las tripas, y también desde la mugre de las cucharas de disolución para jeringuillas. Como admirador de un genio, rendido a su influjo, pierde fuerza, abarca pero no aprieta, se le hacen largas estas últimas 24 horas en la vida del cineasta que mejor separó cuerpo y alma en pantalla (y en la vida). Esperábamos más. Por la talla de PPP y porque tópicas imágenes como las del director de Teorema jugando al fútbol entre jovenzuelos no dan la talla. Aquí sólo descolla Willem Dafoe, vigoroso en su fatalismo a pesar del doblaje al italiano, capaz de transmitir al mismo tiempo descreimiento y obsesión por la muerte. Más intelectualista que intelectual, el filme destila impostura: el retrato de 1975 no es lo suficientemente caleidoscópico y su elegíaca proyección al presente tampoco acaba de funcionar en lo emotivo. A Ferrara le va más el cuero y el sudor, sólo es fiel a sí mismo en los 20 minutos finales del filme, los mejores, más pegado a la carne, lejos del peso alegórico entre sexo y poder que impone la huella de un cineasta que lanzaba metáforas por doquier, en ese viaje a Ostia con parada en la trattoria y final a la orilla del mar, donde la moral se confundía con la noche romana. Ahí, por fin, Ferrara está a la altura antimoralista de su (nuestro) admirado Pasolini: asesinado, aunque en realidad se le escapa vivo.

Vale que Pier Paolo Pasolini decretó la muerte del arte narrativo hace ya 40 años, pero hay que seguir intentándolo, sobre todo si uno no es Pasolini y no sabe hacer virguerías con ese exquisito cadáver. Abel Ferrara nos gusta cuando dirige desde las tripas, y también desde la mugre de las cucharas de disolución para jeringuillas. Como admirador de un genio, rendido a su influjo, pierde fuerza, abarca pero no aprieta, se le hacen largas estas últimas 24 horas en la vida del cineasta que mejor separó cuerpo y alma en pantalla (y en la vida). Esperábamos más. Por la talla de PPP y porque tópicas imágenes como las del director de Teorema jugando al fútbol entre jovenzuelos no dan la talla. Aquí sólo descolla Willem Dafoe, vigoroso en su fatalismo a pesar del doblaje al italiano, capaz de transmitir al mismo tiempo descreimiento y obsesión por la muerte.

Más intelectualista que intelectual, el filme destila impostura: el retrato de 1975 no es lo suficientemente caleidoscópico y su elegíaca proyección al presente tampoco acaba de funcionar en lo emotivo. A Ferrara le va más el cuero y el sudor, sólo es fiel a sí mismo en los 20 minutos finales del filme, los mejores, más pegado a la carne, lejos del peso alegórico entre sexo y poder que impone la huella de un cineasta que lanzaba metáforas por doquier, en ese viaje a Ostia con parada en la trattoria y final a la orilla del mar, donde la moral se confundía con la noche romana. Ahí, por fin, Ferrara está a la altura antimoralista de su (nuestro) admirado Pasolini: asesinado, aunque en realidad se le escapa vivo.

Ferrara se rinde a PPP desde la impostura. Sólo Dafoe da la talla.

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