Por - 28 de abril de 2017

La carrera de Konchalovski lo aguanta todo, incluso el Holocausto. Aquel ruso que empezó versionando a Chéjov en la URSS y asaltando Cannes con melodramas frescué dio el salto al Hollywood de la glasnost. Allí ascendió la colina por la vía septembrina de Vidas distantes y Ansias de vivir y bajó una montaña con El tren del infierno y Tango y Cash. Volvió para perderse en el cine hortera de la nueva Rusia e implosionó con El cascanueces en 3D, para salir del letargo con la descomunal El cartero de las noches blancas. Ahora, constatamos que su inquietud visual no tiene límites, a la vez que la turbadora ambigüedad de su anterior obra maestra vira hacia un blanco y negro que navega entre los extremos en los que sitúa a los personajes para, finalmente, unirlos en el limbo. Allí, el sesgo moral que introduce, lo más plano de este filme de malos y buenos entreverados, se unifica en un interrogatorio de fake dirigido por algún sampedrero con cámara al que se llega a través de un campo de exterminio con el tono de película de Fassbinder.

Su desdichada Maria Braun es la imponente Vysotskaya, que encuentra su portero de noche en un inspector nazi al que conoció en tiempos mejores. Estilizando el horror sin pervertirlo, más Haneke que Spielberg, este ruso canónico quemado por el sol de California se ha convertido en un octogenario que le ha pillado el truco a las ciudades con balneario. A la vejez, festivales.

Un holocausto con cinta blanca a las puertas del cielo de Konchalovski.