Por - 29 de febrero de 2016

Ya lo aconsejaba un tipo de ley como Neil Young: “Más vale quemarse que oxidarse”. Y bien podría hacerle caso Al Pacino, quien lleva acumulando herrumbre y moho sobre las espaldas en sus últimos trabajos (Señor Manglehorn…), acuñando un cliché autoparódico-destructivo que entronca perfectamente con los primeros compases de Nunca es tarde: una ajada leyenda del pop-rock se endiña entre bambalinas copazo, coca y faja antes de tocar por enésima vez ante la masa geriátrica su hit, un sucedáneo del Sweet Caroline de Neil Diamond. Sorprendentemente, la cosa cambia y la bruma se desvanece con un golpe del destino tan increíble como verídico (le ocurrió a Steve Tilston, otro tarambana del negociado): la recuperación de una carta de apoyo escrita por John Lennon 40 años atrás y que quizá hubiese enderezado su errático rumbo. Ante tamaño eureka, el abuelete planta a su Barbie y abandona su mansión con ascensor (como si fuese la de Raphael) en busca de su inspiración y su hijo, perdidos en alguna cuneta. ¿Telefilme de redención y reconciliación “habemus“? Casi, casi, aunque el debutante Dan Fogelman se afana en evitarlo, rodeando al tótem canalla Pacino de secundarios con buena arquitectura (grandes Christopher Plummer y Annette Bening) y un hilo músico-narrativo pegadizo pero no demasiado facilón, sobre todo en sus últimos movimientos. Para tararear con media sonrisa, sin mayores dramas operísticos.

Nuevo showtime del frontman Pacino, aunque debería cambiar el disco.