Nunca es demasiado tarde

6

Por - 13 de octubre de 2014

Ciertamente, la premisa de esta película no es la más irresistible y adictiva del mundo: fondear y bucear al lado del meticuloso despachito de John May, un atroz funcionario municipal encargado de perseguir incansablemente el rastro de los familiares más cercanos, o lejanos, de solitarios y huraños recién fallecidos con el piadoso propósito de que alguien acuda al funeral y entierro, para que los difuntos no se conviertan en seres “que se han desvanecido hasta ser impalpables”, como definiera Joyce a los fantasmas. El reverso lúgubre y burócrata de Boyhood, como quien dice. Pocas opciones para ser la niña bonita del momento. Pese a todo, y considerando el linaje sagrado y aristócrata del director, cuya ópera prima combinaba Sri Lanka con balonmano, merece la pena encaramarse al peñón anecdótico inicial (que amasa y rumia con terquedad cockney-finlandesa durante el metraje) y valorar los detalles, grandes esperanzas blancas del filme. Por ejemplo, el retrato de “caballero inactual” vagamente sherlockiano que clava Eddie Marsan sin medio temblor heredado de su personaje en Ray Donovan, la cruda erosión de puestos de trabajo “demasiado caros”, la fina estampa de humor negro (como cuando May se “prueba” su futura sepultura con vistas), el elegante requiebro romántico y, en fin, un desenlace que acaba por redondear el “toque Rod Serling” que sobrevolaba discretamente. Una fábula pequeña, honesta, incluso valiosa, donde los muertos sí se tocan, nene.

Extraña oda a la memoria de difuntos poco glamurosos.