Nuestro último verano en Escocia

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Por - 19 de mayo de 2015

De un tiempo a esta parte, la etiqueta feel-good movie brota como una urticaria marcando a fuego un tipo de comedia que, tal vez, quiere recuperar la pureza optimista del género más allá de híbridos agridulces o, sencillamente, aplicar cloroformo fino o a granel a un espectador con la autoestima a la altura de Kafka, como dijo el otro. Así o asá, la clave del invento está en la perogrullada de siempre: ironía, inteligencia, modestia y buena letra. Eso, y un par de canciones de The Waterboys (evidentemente, Fisherman’s Blues), si la criatura resulta ser hija de la Gran Bretaña.

Justamente el caso de esta puesta de largo en la pantalla grande de Andy Hamilton y Guy Jenkins, que han apostado sobre seguro al presentar los enredos y excentricidades de una familia numerosa disfuncional y agrietada que viaja a las Tierras Altas para asistir al cumpleaños del no menos extravagante patriarca y, sobre todo, oxigenar sus engranajes. El animado tono de Pequeña Miss Sunshine en el castillo de Blandings (ese cuñadismo lechuguino) de la primera media hora sufre un “feliz” vuelco tras cierto episodio playero en el que el veterano Billy Connolly reivindica de una vez por todas su oceánica carrera.

A partir de entonces, el carruaje se encabrita, gana brío y, gracias al manejo del trío de niños, la comedia oscurece sus lentes y afina sus dardos dirigidos contra la tontuna e hipocresía social, mediática y conyugal. Si a esto le añadimos unos intérpretes tan en forma como Rosamund Pike –leve y encantadoramente histriónica–, David Tennant y el fetén Ben Miller, el pudin está listo para su disfrute. ¿Feel-good o no feel-good? Pregunten al acomodador.

Pedigrí british para una historia con calculados bandazos y brillantes actuaciones multigeneracionales.