Por - 08 de febrero de 2008

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Por el camino que lleva al Oeste, a los hermanos Coen se les ha quitado la tontería. Además de subvertir, aunque no lo parezca, el western fronterizo y la madre vaquera que lo parió, Joel y Ethan simulan moderar algunos de sus célebres tics, llevados al extremo en sus últimas y fallidas Crueldad intolerable y Ladykillers. Se ha hablado de un Fargo al sol ante este sangriento y socarrado juego de apariencias, pero su nueva obra maestra, que lo es, recuerda más a Sangre fácil, con el falso y a la vez riguroso (dos veces falso, pues) apego al cinede género, toque genial que usaron en Muerte entre las flores (allí con gangsters, aquí con la aduana).

Parece Los 3 entierros de Melquíades Estrada y en realidad tiene el mismo substrato antiépico, antiheroico y anticonvencional que Sed de mal. La clave está en la peluquería. Ese corte a la cazuela de Javier Bardem marca el estilo que los Coen imprimen a su película desde el principio. El tipo más peligroso, el asesino más sanguinario, luce un peinado ridículo. En ese alambre se mueven como maestros. Lo curioso es que hayan decidido complicarse la vida acudiendo a la novela de Cormac McCarthy, a la que se mantienen extraordinariamente exactos. Pese a compartir extravagancias, la sequedad del escritor parecía no compartir nada con el ya ilustre humor negro de los Coen. Curiosamente, estos originalísimos cineastas necesitaban salir de su embrollo mental para ser ellos mismos con material ajeno y han logrado la más gloriosa adaptación de una novela al cine del último lustro. Incluso han logrado que algunos diálogos del texto de McCarthy parezcan absolutamente coenianos y que algunos planos de los Coen parezcan plenamente mccarthyanos. Es esta una persecución de protagonismo triple.

El criminal, el pobre diablo y el que lo ve todo desde fuera (el toque semibíblico de McCarthy). Javier Bardem es Dios. Inolvidable con su bomba de aire asesina, su personaje ayuda. Otro chalado, pero ¡qué chalado! Trabajazo de composición, Bardem, sin embargo, evita caer en la lacra de la sobreactuación. Su inglés con ¿acento español? parece llegar directamente desde el infierno. Tommy Lee Jones borda (y van dos este año: En el valle de Elah) a un sabio sin pompa, un perdedor resignado y bueno que observa la maldad del mundo sin implicarse. Y, como siempre, la víctima arrastrada al dolor por una mezcla de azar y avaricia, el William H. Macy de Fargo, el Dan Hedaya de Sangre fácil, que deriva (he ahí una novedad) en un vaquero valiente y consciente de donde se mete: Josh Brolin, que ya está para salir de titular en cualquier película. 

Más allá de lo evidente, los que odian esa a veces cargante puesta en escena infalible y medida, caerán rendidos ante este aparente naturalismo salvaje. Pero es mentira. Nunca el mundo Coen estuvo más medido. Estos hermanos valoran mucho más la inteligencia que la bondad, y este rosario de la aurora termina igual que las historias que dejamos pendientes. Todo para nada. Tanto sufrimiento para acabar sin una sola respuesta. Los Coen han vuelto y la nada vuelve a estar llena de talento. 

CARLOS MARAÑÓN