Por - 13 de enero de 2017

David Irving es un historiador británico que cree, opina (una palabra fundamental en esta película y hoy), que las fotos de los soldados aliados delante de los cadáveres de los campos de concentración prueban que esos soldados mataron a esas personas y no los nazis. Para él, esas fotos son hechos. Como que, según él, no existieron cámaras de gas. Esos son hechos, dice, no opiniones. Aunque, en realidad, serían lo que Kellyanne Conway llama “hechos alternativos”.

En defensa de esos “hechos”, Irving denunció a la historiadora americana, Deborah Lipstadt, por llamarle negacionista. Una opinión, sostenía él, que no se sustentaba en hechos. Y el resultado loco fue que Lipstadt y su editorial, Penguin Books, tuvieron que acabar demostrando que lo que ella escribió era real, que el Holocausto fue real, para deslegitimar y ganar a Irving. Esa misma sensación que deben de sentir hoy los periodistas americanos e internacionales delante de cada exhibición de Trump o su gabinete. Esa frustración de la batalla perdida de los hechos contra la opinión.

La película trae aquel caso de 1996 a una actualidad muy oportuna. En ello reside su gran valor, y en un reparto (Weisz, Wilkinson, Spall) que defiende la frialdad (y a veces pesadez) de un drama judicial que no llega a convertirse en el thriller moral que aspira a ser. Aun así, arroja suficiente luz a esta dictadura de las opiniones en la que vivimos.

El filme perfecto contra la era de los ‘hechos alternativos’.

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