Por - 24 de marzo de 2019

Como la gripe o la peste bubónica, la furia es una plaga que se extiende a velocidad de vértigo. Y su vector de contagio, por si alguien lo dudaba, es internet: ese no-lugar donde nadie da la cara ha acabado resultando la herramienta perfecta para convertir a cualquiera, bien en verdugo autosatisfecho (que son los peores), bien en reo (lo merezca o no) de una ‘justicia popular’ prima hermana del linchamiento. Hasta donde uno puede recordar, Nación salvaje es la primera película que asume esa idea y la lleva a las últimas consecuencias según el manual de la serie B de altos vuelos. Es decir, que la hace pasar de lo virtual a lo real con el resultado de una explosión de violencia. Muy estilosa, eso sí.

Asimismo, el segundo largo de Sam Levinson hace ver que las mujeres suelen llevarse la peor parte en esta mascarada de indignaciones. Y, partiendo de esto, arrea su primer golpe maestro al evitar que sus cuatro antiheroínas sean unas santas: aunque solo una de ellas (Odessa Young) da la talla como personaje en tres dimensiones, al filme le basta con unas pinceladas para hacernos saber que, si hubieran estado presentes cuando a Carrie White le tiraron el cubo de sangre, ellas también se habrían reído. Egocéntricas, frívolas, crueles a veces y más preocupadas por ser lo más que por ser personas, responden al perfil de modernilla malota que todo el mundo ha conocido en el instituto y que, según se ve, sobrevive al paso de las épocas. ¿Las hace esto merecedoras de un maremoto de odio que acaba tomando las calles al estilo de La noche de las bestias? Por supuesto que no. ¿Evita esto que aplaudamos cuando responden a la violencia con autodefensa, enfundadas en unos impermeables divinísimos de la muerte? Ni de coña, y menos aún tras descubrir que dichas prendas salen de Stray Cat Rock: Delinquent Girl Boss (Yasuharu Hasebe, 1970). Ni que esas cosas solo las pudiera hacer Tarantino.

A lo largo de Nación salvaje asistimos a algunos momentos de virtuosismo (esa home invasion en plano secuencia que invoca a Brian De Palma es el mejor de largo) y también a chispazos de posmodernidad que nos ponen un poco en guardia, no vayan a envejecer igual de mal que los de Oliver Stone en Asesinos natos.Pero el deleite provocado por alardes como esa lista de trigger warnings (vitriolo puro lanzado a chorros nada más empezar el metraje) o el uso malévolo de la expresión “not all men” (nunca volverás a leerla igual en Twitter) resulta en un puro subidón y, de rebote, en la sorpresa al constatar que el filme ha sido un fracaso abismal de taquilla en EE UU, mientras que medios teóricamente afines como The Mary Sue lo han ignorado como quien no quiere la cosa. Será que estamos ante una de esas películas que esperan, muertas pero soñando, a que la TV y los formatos domésticos las conviertan en objeto de culto para muchachas jodidas y chavales madera de colleja. O quizás se trate de que, en estos tiempos de culto a la lozanía adobada con filtro Valencia, Nación salvaje enuncia a gritos una verdad que no todos quieren oír: hoy en día, cuando el escrutinio perpetuo es la ley, ser adolescente es una putada muy gorda.

Gamberrada hormonada y maqueada en guerra contra la era del escrutinio: si la hubieras visto a los 15 años, te habría cambiado la vida.