Por - 09 de marzo de 2015

Ya en la primera escena, en la que un niño palestino intenta orientar la antena de televisión siguiendo los consejos de su cadena de hermanos, muestra el director a las claras lo que pretende: fotografiar el bello y luminoso paisaje en el que viven los israelíes y el tenebroso y prejuicioso interior en el que se desarrollan sus vidas. La triple dialéctica exterior/interior, comedia/drama y árabes/hebreos será la constante en un filme que está muy cerca de conseguir la difícil tarea de equilibrar los opuestos. Así, lo que empieza como una comedia sobre las desventuras de un israelí que, por ser árabe, lo es de segunda clase, se va amargando según transcurre el metraje hasta el límite de hacerse más bola en la garganta que un falafel frío a palo seco, sin salsa de yogur ni nada que ayude a su deglución. Personaje límite, su protagonista, Eyad, solo encontrará rechazo por parte de los unos (los suyos, los árabes) y los otros (los hebreos). No es sólo una cuestión israelí ni debe entenderse como una historia local: la crisis identitaria del protagonista la pueden sentir personas de, por ejemplo, España, Francia o Alemania en estos momentos. Por eso, pese a lo tremendo de su drama final, el mensaje sólo puede ser positivo: de los prejuicios nacionales, culturales y raciales, se puede y se debe salir, pues no somos nada más y nada menos que ciudadanos del mundo, mal que les pese a los que se empeñan en levantar muros, concertinas o fronteras.

Ya en la primera escena, en la que un niño palestino intenta orientar la antena de televisión siguiendo los consejos de su cadena de hermanos, muestra el director a las claras lo que pretende: fotografiar el bello y luminoso paisaje en el que viven los israelíes y el tenebroso y prejuicioso interior en el que se desarrollan sus vidas. La triple dialéctica exterior/interior, comedia/drama y árabes/hebreos será la constante en un filme que está muy cerca de conseguir la difícil tarea de equilibrar los opuestos. Así, lo que empieza como una comedia sobre las desventuras de un israelí que, por ser árabe, lo es de segunda clase, se va amargando según transcurre el metraje hasta el límite de hacerse más bola en la garganta que un falafel frío a palo seco, sin salsa de yogur ni nada que ayude a su deglución. Personaje límite, su protagonista, Eyad, solo encontrará rechazo por parte de los unos (los suyos, los árabes) y los otros (los hebreos). No es sólo una cuestión israelí ni debe entenderse como una historia local: la crisis identitaria del protagonista la pueden sentir personas de, por ejemplo, España, Francia o Alemania en estos momentos. Por eso, pese a lo tremendo de su drama final, el mensaje sólo puede ser positivo: de los prejuicios nacionales, culturales y raciales, se puede y se debe salir, pues no somos nada más y nada menos que ciudadanos del mundo, mal que les pese a los que se empeñan en levantar muros, concertinas o fronteras.

Un drama social verosímil que no se recrea en lo trágico.