Por - 10 de diciembre de 2016

“Si tuviese toda la fe, de tal manera que traspasase los montes, y no tengo caridad, nada soy”, escribía Pablo de Tarso en sus famosas epístolas a los Corintios, y aunque Mimosas, el segundo filme de Oliver Laxe, nos sitúa bajo el amparo del credo sufí, la fe, la generosidad y el paisaje montañoso moldean un relato que va en busca del milagro, como sucede en las grandes aventuras de la vida. Un taxi levantando una polvareda infinita mientras cruza a toda velocidad el desierto, un anciano en mitad de un escarpado valle nevado que se gira hacia cámara para despedirse del mundo y, entre una y otra historia, Shakib, uno de esos valientes ingenuos que encierra en su cuerpo escuálido la que tal vez sea la más misteriosa de las capacidades del ser humano, la de creer que todo es posible. “Cuando no sabes qué hacer, haz esto: cierra bien los puños, para que la luz te ilumine”, le aconseja el protagonista a Ahmed, el otro temerario con el que emprende el viaje de cruzar el Atlas marroquí para dar sepultura al viejo recién muerto. Ninguno de ellos tiene idea de adónde les conducirá este trayecto que puede ser el último, pero es lo que sucede durante y no el destino final lo que ha de importarnos, sobre todo si es Mauro Herce el encargado de fotografiar el proceso.

Ahí radica el pálpito de Mimosas, en el intento, incluso cuando eso puede significar perder el norte y, por tanto, el camino.

Viaje, misticismo y misiones imposibles son sinónimo de épica.