Por - 07 de abril de 2019

Pese a lo que pudiera inducirse de un apresurado primer golpe de vista, Mia y el león blanco no es una película familiar al uso. Es más, ni siquiera se merece que se la extralimite bajo esta categoría genérica. Aunque lo que cuente  esencialmente sea la amistad, emocional y tangible, entre una pre-adolescente y un cachorro de león blanco en una granja de cría de animales salvajes en medio de la sabana sudafricana. El prejuicio podría llevarnos a dejar sin visionar una película sorprendente (tanto por su realización, como por sus resultados), de emociones a flor de piel, algunas de cuyas secuencias, además, pueden dejar ‘tocados’ a infantes desprevenidos ante lo que se les avecina -que es una historia para nada condescendiente con las actitudes miserables de los seres humanos, incluso de los más queridos-. Rodada durante tres años por el cineasta Gilles de Maistre, y producida por el también responsable de las naturalistas Nómadas del viento y Océanos, Jacques Perrin, Mia y el león blanco es un coming for age que (a la manera de Boyhood) acompaña el crecimiento y la evolución en la relación que se establece entre una pequeña emigrante inglesa (la joven actriz Daniah De Villers) y una cría de león blanco (un felino tan valioso para la mitología indígena como para la caza desaprensiva), desde que el animal es adoptado por la familia, hasta que este (y la niña) se convierten en criaturas adultas. Con una fotografía preciosista, “bañada por el Sol”, y con secuencias de una ternura y fisicidad admirable, la película va creciendo en el interior del espectador, que se reconoce en esa pequeña supporter de la Premier League que a la postre se convierte en fugitiva, y también en unos padres -a Mélanie Laurent le sienta fenomenal la luz austral- que temen por su hija (y por el hermano de esta, presa de un TEPT, o síndrome de estrés postraumático) y por la relación ¿contra natura? que va fraguándose entre su zagala y lo que terminará por convertirse en una bestia salvaje.

Y hasta aquí lo que se puede desvelar de este film familiar (pues sí, Mia y el león blanco habla de la familia, y lo hace en primer término además) sin aguar la fiesta a un espectador que también apreciará en la trama un mensaje ecologista que denuncia las conductas aberrantes y desalmadas de especímenes humanos que se deleitan en la tortura y/o el exterminio animal.

Tierna y sorprendente fábula acerca de lo familiar, lo humano y lo salvaje.