Por - 18 de marzo de 2019

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“Algunos sonidos solo pueden escucharse en silencio”. Mikel Urdangarin se frena para coger impulso y decide enfrentarse a sí mismo y a sus referentes vitales y profesionales: su madre artista, su padre cantante de coro y su hermana, pero también el novelista Kirmen Uribe, sus compañeros sobre el escenario y, sobre todo, el pintor Alain Urrutia, origen y final de esta singladura por el proceso creativo de un hombre que encuentra en el choque entre opuestos (colorblanco y negro, música-silencio, amistad-soledad, vida-muerte) una espoleta para enfrentarse a sus canciones.

El cantautor vasco rompió con (casi) todo para dedicarse a su pasión musical y se enfrenta ahora a sus íntimas pulsiones creadoras en este documental que es odisea (y como tal, un poco anárquico) y, a la vez, reencuentro con lo conocido, un work in progress que atraviesa todas las cicatrices trazando puentes de empatía que sirven ora para huir, ora para regresar.

Dirigido por el debutante Oier Aranzabal, en la tradición del documental vasco (muy físico, muy despojado, muy directo) este largometraje en blanco y negro traslada la desnudez del cantautor ante el desarrollo de su obra desde los ensayos musicales hasta las fronteras pictóricas de Urrutia, otro artista que no utiliza el color en su aventura creativa, pero que libera la zona más sombría de Urdangarin, con la soledad como testigo sonoro de una libertad doliente.

La odisea creativa del cantautor Mikel Urdangarin, una soledad de ida y vuelta.