Por - 18 de diciembre de 2015

Ya lo aconsejaba el mismísimo Bardo en una de sus citas más manoseadas: “No temáis a la grandeza”. Lástima que, muchas veces, no se recuerde su jarro de agua fría final: “A algunos la grandeza les queda grande”. A algunos, pero no a los toreros Weinstein, capaces de ganar siete Oscar usando su nombre en vano (Shakespeare in Love) y de apostar aquí nuevamente a caballo ganador. Tampoco se dio por aludido Justin Kurzel, y eso que el último cineasta australiano que adaptó Macbeth (Geoffrey Wright, hace apenas una década) salió escaldado. Sin embargo, el director de la impresionante Snowtown no se ha amilanado ante la oportunidad, sino que ha hecho presa como un pitbull en el pescuezo del thriller psicológico por excelencia de la historia de la literatura universal, llevándoselo a su terreno como obró Hendrix con el All Along the Watchtower, de Dylan, o Bacon con el Retrato de Inocencio X de Velázquez. Salvando las distancias y mitologías, claro.

Esto es, conservando su esencia pesadillesca, medieval y siniestra a la manera de Welles (1948), aunque con la fortuna de no rodar en apolillados decorados de infrawesterns sino en una Escocia ávida de que alguien recogiera su aliento gélido de dragón y lo convirtiera en escarcha y sombras en la batalla (increíble la fotografía de Adam Arkapaw), a pesar de cierto “toque Peckinpah” y forzar que las brujas parezcan cenobitas de Clive Barker. Aunque quienes realmente consiguen que este Macbeth gane peso hasta crear su propia órbita son Fassbender y Cotillard –que repetirán con Kurzel en otra adaptación… la del videojuego Assassin’s Creed–, el primero con un rebaño entero de escorpiones en la mente y la segunda, fieramente humana y con todos sus recuerdos convertidos en mirada. En fin, una película que pisa el podio cinéfilo macbethiano, o al menos pesca diploma olímpico.

Épica, bella y ambiciosamente imperfecta. Roman, Akira y Orson levantarían sus pulgares.

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