Los tontos y los estúpidos

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Por - 29 de septiembre de 2014

A la combinación entre fondo y forma que define toda obra cinematográfica se le añade, como si tal cosa, eso que podríamos llamar adaptación al medio, que condiciona y redefine esas dos medias naranjas: España, la crisis, el empuje creativo, la necesidad y la virtud, nada es ajeno a este tour de force de fuerte impronta actoral cuyo buscado desaliño camufla un cuidado ejercicio de estilo. Sin dejarse intimidar por el enemigo de la escasez de medios, se ha unido a él para resistir. Muy en la línea visual de los trabajos de Lars von Trier en la trilogía USA (Dogville, Manderlay y la sólo prometida Washington, con más de un guiño quizá involuntario a Los idiotas), pero con un salto narrativo ulterior para presentar la trama entre las entrañas de la gestación artística, Los tontos y los estúpidos es una ficción dentro de una realidad que es a su vez otra ficción. Pero no es un juego: queda eliminado todo rastro de azar en esos insertos en blanco y negro, a lo Romeo debe morir de los Taviani, reivindicativos, que contrastan con la interpretación ajustada, descollante en el caso de Nausicaa Bonnín, una dicción perfecta sin resultar teatral. ¿Realidad o ficción? Ni lo uno ni lo otro, ni estúpida ni tonta, es metafóricamente ambas cosas a la vez, la sentencia del autoengaño de unos personajes en busca de cobijo vital, de unos trabajadores del cine. Como nosotros cuando buscamos respuestas que conocemos de antemano. Pero sin un Roberto Álamo que nos dirija hasta el aplauso final.

Cine como respuesta al autoengaño que impone la crisis.