Por - 21 de junio de 2017

Shyamalan sabe lo que es sufrir por el marketing: puede que nada hiriera más a dos de sus mejores películas (El bosque y El incidente) que el etiquetado y venta como cine de terror. El aplicado Trey Edward Shults se arriesga a seguir un camino similar con su segundo largo, Llega de noche, que a los puristas les parecerá una visita turística de alguien que utiliza ingredientes y herramientas propias del género para hablar de otra cosa. Es decir, lo que han hecho siempre los maestros del susto, pero ellos sin preocuparse por mancharse las manos; Shults trae guantes de casa.

Cabaña en el bosque, epidemia vírica, aislamiento, festival de desconfianzas… El andamiaje de esta pieza de cámara con reparto reducido pero bien temperado (gente como Joel Edgerton o Riley Keough dan poco margen de error) aguanta con entereza cada dilatación de tiempos y circunvalaciones del suspense que le aplica el director, casi como si de un test de estrés se tratara. Y esa angustia interior se contagia sin filtro al espectador, acongojado por cada rincón de la oscuridad densa que arropa la excepcional foto de Drew Daniels. Ahí, Shults pinza los nervios con destreza. Hasta que el terror acaba pasando de excusa a estorbo y deja al descubierto que la tensión entre los personajes no inquieta tanto como la amenaza exterior. Justo lo contrario que lograban Romero o Polanski con las manos desnudas.

Mucha tensión, mucha desconfianza, demasiada profilaxis.