Por - 27 de septiembre de 2016

Hamidi es un tipo honesto: no le duelen prendas en reconocer que la idea de su filme viene del clásico de 1959 La vaca y el prisionero, de Fernandel, en la que el cómico atravesaba toda Francia escapando de los nazis acompañado de la res Margarita. Aquí, el viaje es similar sólo que el punto de partida es una aldea argelina y no está motivado por la supervivencia ni por la violencia humana… O eso parece. Atravesando con la misma facilidad Francia y sus distintas capas sociales, Fatah y su Jacqueline, nombre de la cornuda en cuestión, sólo se encontrarán con gentes de buen corazón, desde periodista a condes, pasando por magos y granjeros, dispuestos a ayudarles en su propósito de participar en un concurso de ganado parisino. Todo es tan bonito que Jacqueline ni siquiera regala al espectador una boñiga o una triste mosca que espantar meneando el rabo. Sin embargo, en un momento de evidentes tensiones internas y con el Frente Nacional a las puertas del poder, La vaca se convierte en una proyección de esa Francia tolerante y respetuosa de credo y razas que parece a punto de desaparecer. El mensaje, pues, está claro, aunque haya que leerlo fuera del espacio cinematográfico: los nazis y colaboracionistas de Fernandel siguen ahí, aunque no aparezcan en todo el relato. Lo que se supone que es una comedia costumbrista casi deviene, de esta manera, una película de ciencia-ficción.

De la comedia costumbrista a la ci-fi. París bien vale una vaca.