Por - 18 de enero de 2016

“La felicidad siempre viene después, al recordar”, dice uno de los personajes de La decisión de Julia, tercer largo de Norberto López Amado (¿Cuánto pesa su edificio, señor Foster?). El pasado, efectivamente, es lo que domina esta pieza esencialmente teatral, minimalista, en la que Julia repasa su vida antes de morir. Pocos elementos bastan para sacar a la luz estas memorias. El elegante blanco y negro, una habitación de hotel y unas afinadas interpretaciones –Marta Belaustegui, Fernando Cayo…– resultan suficientes para inmiscuirse en la tormentosa historia de amor que la protagonista vivió en su juventud, con más de un giro inesperado que certifica el talento de López Amado para captar nuestra atención sin salir de esas cuatro paredes. Y lo otro, si la felicidad existe de verdad o sólo dentro de nuestra cabeza, queda de puertas para fuera.

Ajuste de cuentas con el pasado en una habitación de hotel.