La conspiración del silencio

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Por - 15 de diciembre de 2014

Dirigida por Giulio Ricciarelli, actor y cortometrajista lombardo formado en Alemania, La conspiración del silencio es un drama judicial de emociones contenidas, estiloso y pulcro, incluso para terminar justamente antes de que se inicie la vista oral del segundo juicio de Auschwitz, celebrado en Frankfurt en 1963. Hasta entonces, Alemania no había enjuiciado a sus criminales de guerra, amparándose en la doctrina del canciller Konrad Adenauer de correr un tupido velo sobre el pasado, un velo entretejido por la recuperación económica, la vergüenza de las víctimas y la adaptación de los verdugos.

“¿Tan importante es que todos los alemanes se pregunten si su padre fue un asesino?”, le espeta el fiscal Friedberg a un impetuoso Alexander Fehling (Malditos bastardos), que no ceja en el empeño siquiera al descubrir su propia mácula biográfica, a la caza y captura de los Baer, Schulz, y Höcker, que no son ni más ni menos que los Muñecas, Utrera Molina o “Billy el Niño” que conviven entre nosotros (y que tan bien sustrajeron películas como El secreto de sus ojos o La isla mínima). “Comprender es imposible, pero conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder”, advertía Primo Levi, y en este sentido las rampas, cunetas, crematorios y fosas comunes forman parte de la misma historia de la ignominia, por mucho que se obstruya la acción de la justicia, o se pretenda reproducir un escenario fratricida de vencedores y vencidos.

Alexander Fehling contra la obediencia debida al Reich.