Por - 24 de abril de 2019

Machacada por la crítica anglosajona (lo cual ha propiciado un épico rebote de Milla Jovovich), esta versión de Hellboy tendrá defensores encarnizados. Algo natural: aparte de tocarles las narices a las estrellas de Rotten Tomatoes, situarse a favor del filme significa también apoyar a Neil Marshall, un director que se ha quedado para dirigir episodios de Juego de tronos cuando, en un mundo justo, estaría firmando blockbusters. En esta época de cine-espectáculo adocenado y ‘familiar’, nunca está de más echarle una mano a los insurgentes.

Por desgracia, uno no puede ponerse del lado de esos defensores. Llámenme cursi, pero, como a servidor siempre le ha tirado más la psicodelia que el rock pesadote, habría preferido que su reencuentro con el personaje de Mike Mignola hubiera sabido compaginar los tiroteos y los descuartizamientos con la melancolía alucinatoria de los cómics. No se le puede reprochar a Marshall que aborde la historia mediante la sutileza de un cachalote y el sentido estético de un quinceañero melenudo de los 80, porque eso es básico en su estilo. Pero sí se puede aducir que el guion resulta deslavazado, que sus invocaciones a la virilidad más rancia (a cargo de Ian McShane, para colmo) huelen a idem y que el festín de gore con el que termina la historia da ganas de parafrasear un refrán: “a mal demonio, mucha sangre”.

Un retorno sin fuste, ni diabólico ni legendario.