Por - 28 de abril de 2015

En México llaman güeros a los de pelo rubiasco y piel clara; por oposición a los morenos o prietos, de pelo y tez más oscuros. Tomás es güero, al contrario que su hermano Federico, al que llaman Sombra. Ésa podría ser una diferencia en una sociedad aún discriminatoria y discriminada, en la que ser güero podría implicar aún tener más posibilidades; sin embargo, cuando Tomás es enviado por su madre, harta de su holgazanería, a México DF a vivir con su hermano, el güerito se encuentra con alguien igual de abandonado que él, si no más.

Sombra vive con Santos, en un apartamento viejo, en el que roban la luz al vecino. Su vida, desde que la universidad está en huelga, y ellos en huelga de la huelga, consiste en pasar los días en el sofá mirando a una pared vacía. A los tres, güeros o prietos, les une la misma incertidumbre sobre su presente y futuro, su inacción es culpa de un sistema que no sabe guiarles, y también de ellos mismos.

Lo bueno de Güeros, ópera prima de Alonso Ruizpalacios, rodada en un precioso blanco y negro en contraste con el caótico DF, es que no se pone moralista, sino paródica. Se ríe de esa desidia juvenil cuando les activa lanzándoles en un road trip por la ciudad en busca de un cantante olvidado, Epigmenio Cruz. Una excusa que les lleva por la universidad en huelga, por un encuentro de cineastas, por distintos barrios pobres o más pobres, mientras tienen infinitas e intensas charlas, que no llevan nunca a nada; pero que provocan una risa sana.

Una mirada divertida y en ByN de la juventud perdida mexicana.