Por - 26 de enero de 2019

La realidad no siempre es como nos gustaría. Ahí está el Brexit, el muro de Trump y demás separaciones forzosas para demostrar que unos son mejores que otros, seres humanos todos. Pero, como la Navidad, los Oscar llegan cada año dispuestos a devolvernos la ilusión en las causas perdidas. Por ejemplo, con Green Book, monumento a la feel good movie que viene a demostrarnos justo lo contrario, que todos somos iguales sin importar el color de nuestra piel, dónde hemos nacido o en qué circunstancias. ¿Está de más recordarlo? Claro que no.

Green Book se inspira en una historia real y eso, bajo capas de Hollywood, se nota. Hay que reconocerle a los artífices de la película que hayan respetado el punto enxebre que tenía el relato oral de Nick Vallelonga, ese que el actor y director independiente lleva escuchando contar a su padre desde su infancia. Tony Lip, así se llamaba, era un portero italoamericano del Copacabana, bruto, listo y gran vividor, con el carisma suficiente como para, con los años, acabar interpretando al mafioso Carmine Lupertazzi en Los Soprano. En los 60, fue contratado por el pianista afroamericano Dr. Don Shirley como chófer y guardaespaldas en una gira por el sur de EE UU. Shirley era un hombre cultivado, sofisticado, con un don para la música clásica que las discográficas intentaban revertir al jazz, más propio de un negro como él. También fue un hombre solitario, introvertido, atrapado entre una raza y una clase social que no concordaban. Ese viaje entre Nueva York y Nueva Orleans, ese lugar para el encuentro que cabía en un Cadillac DeVille del 62, es lo que Vallelonga le entregó a Peter Farrelly, que puso a un lado lenguas pegadas a telesillas y fijadores de pelo ricos en esperma para afrontar su primera comedia dramática. Aunque, seamos justos, Green Book de drama tiene poco, sin desestimar el que le ha supuesto a todos los fans de los Farrelly su retirada de la comedia boba en estos tiempos de cateta corrección política. Peter Farrelly opta en su primera película sin su hermano por una puesta en escena discreta, muy clásica, en la que manda la época –esos preciosos pueblos de los 60, la cara B de los hits musicales…– y, sobre todo, el guion inteligente, los personajes bien construidos y los actores que los interpretan.

Abrimos párrafo para Mortensen. Su inmensidad como actor encuentra un paralelismo simpático en el volumen de su personaje. Ese cigarrillo caído, la camisa abierta y el acento de Uno de los nuestros tienen todas las papeletas para llevarse el Oscar. Su Tony Lip puede aprender mucho de Don Shirley –una mejor dicción, lo injusto de la discriminación racial y a no tirar basura por la ventanilla– mientras que el personaje de Ali, más discreto, puede contagiarse de la alegría de vivir tan mediterránea de su chófer. Ese es el verdadero viaje de Green Book, el que hacen dos hombres antagónicos hasta darse cuenta de que son iguales. Por supuesto, la realidad no ha tardado en dar por saco y, después de ver la película, la familia de Shirley ha llamado para quejarse del retrato que la película hace del músico. Las cosas no siempre son como nos gustarían. Y por eso inventamos el cine.

Olvídate del fijador de pelo de Cameron Diaz en Algo pasa con Mary. Este no es el Farrelly que conocías.

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