Por - 15 de abril de 2019

El perdón puede ser un arma de doble filo. Sobre todo para el que perdona. Si perdona, quizá se sienta liberado, por fin, de su dolor, su carga. Pero si perdona, quizá también se sienta entonces que el otro, el que tenía que pedir perdón, ganó y ahora vuelve a estar a su merced. En ese fino equilibrio se encuentran las víctimas de abusos sexuales de la película de François Ozon.El prolífico director francés olvida todos sus estilizados acercamientos, su narrativa a veces perversa y casi siempre irónica para poner el foco solo y exclusivamente en esas víctimas reales que conoció y representa en esta ficción documentalizada. Porque es aséptica, va directa a los hechos y no se entretiene demasiado en el resto (hasta el punto, al principio, con tanta lectura epistolar con voz en off, de resultar lenta). No hay espacio para el morbo ni la especulación, esos fueron los hechos: el padre Preynat abusó de niños durante años y la alta jerarquía de la iglesia de Lyon, de la que dependía, solo fue cambiándole de parroquia. Cuando sus víctimas, ya adultos, se enteraron, estallaron y formaron una asociación La Parole Libérée que hoy es un movimiento nacional en Francia. La urgencia de la película mientras los culpables están siendo juzgados también cala en cómo Ozon decide contar la historia sin dejarse ni un punto de vista al azar. Será ficción, pero tan real que grita justicia.

El 'Spotlight' francés que pone más foco aún en las víctimas.