Por - 07 de abril de 2015

Un vestuario femenino a rebosar de hormonas en los momentos previos a una exhibición adolescente de natación sincronizada en Naissance des pieuvres (2007). La nuca desnuda bajo el pelo corto y libre al viento de la protagonista de Tomboy (2011). El choque violento de cascos, protectores y cuerpos en un partido de rugby femenino en Girlhood. Los tres largometrajes hasta la fecha de Céline Sciamma se abren con imágenes poderosas, capaces de condensar en pocos planos el sentido posterior de unos relatos de iniciación que la cineasta francesa domina con destreza naturalista y profunda sensibilidad. Mantiene sus retratos de la difuminada zona de paso de la infancia a la adolescencia o de ahí al abismo adulto siempre a la altura de los personajes; sin almíbar nostálgico, morbo forzado ni tremendismo artificial.

A pesar de lo fácil que le habría sido a otros caer en eso último con Girlhood: la historia de una adolescente de la banlieu parisina con madre todo el día ausente por trabajo, hermano mayor maltratador y dos hermanas pequeñas a su cargo. Marieme (fantástica encarnación de la debutante Karidja Touré; nuevo triunfo de casting y dirección actoral de Sciamma) sólo encuentra refugio cuando se hace llamar Vic y se integra en la pandilla de chicas malotas del insti, cuyo trato transita entre el bullying y el afecto sincero según matices. La angustia ante un futuro precario de marginalidad y la felicidad de la juventud en carne viva y presente continuo se funden como hostias y abrazos en esta banda de hermanas que vierten su sangre y bailan en grupo al son de Rihanna cual rito iniciático de éxtasis contagioso. Como anticipaba el inicio del filme, crecer es un choque continuo contra el sancionador muro de la realidad, pero sus golpes se reciben mejor en compañía.

Excelente relato de iniciación y brillante determinación, hermoso como diamantes en el cielo.