Por - 19 de noviembre de 2016

Que a todas constituye,/ que a todos nos constituye./ La tarifa.” (Domingo Caballero, “Una silla roja”). Un japonés que se piensa con respecto a su trabajo en Tokyo. Un grupo de emigrantes en el Monte Gurugú que aguardan para saltar la valla de Melilla. Dos desahuciados en Madrid que aún se afeitan. El expresidente de Uruguay, José Mujica, en primer plano, hablando del mundo, la vida y la globalización. Estas son algunas de las pequeñas muestras que Guillermo García López utiliza para armar un mecano documental que trate de explicar cómo es esto de vivir en el planeta durante el siglo XXI. En su esfuerzo que atraviesa países, no solo hablan personas: ahí hablan urbes llenas de edificios que ocuparemos u okuparemos; ahí hablan los botes que dejan a refugiados en la orilla; ahí hablan los grandes centros de ocio, basados en el consumo, de la parte pudiente de nuestra realidad.

Entiende perfectamente el cineasta que nada tiene sentido sin una visión del problema desde una perspectiva psico-socio-económico-antropológica. No se trata de lanzar un discurso inconexo, sino de armar(se de) imágenes y testimonios potentes que expliquen qué es esto de vivir en nuestro presente y, consecuentemente, implicarse en dilucidar qué son los derechos humanos, qué significa trabajar, qué hay más allá de las fronteras de los países desarrollados o por qué, incubados en ellos, también existe la pobreza extrema. Como el verso de Domingo Caballero: somos nuestra tarifa y, añadiría, somos el en qué estamos dispuestos a gastárnosla. A través de imágenes potentísimas, como ese extraordinario prólogo de silencios y violencias, Frágil equilibrio casi compone una película de ficción por lo increíble de su ámbito y la destreza al mostrárnoslo. Se utiliza a Mujica de hilo conductor, con su discurso de (como dice él mismo) “viejo”, pero es la imagen la que abruma: en la herida abierta en un pie africano; en un japonés con corbata de Louis Vouitton; en ese español que duerme en su coche (sí, el de delante de nuestra casa); en esos policías que revientan una puerta barata; o en esa terrible ‘pietá’ al borde de una playa donde es un niño refugiado la pobre Virgen María y su madre, el pobre Jesucristo.

Poético y brutal, “Fragil equilibrio” suena en imágenes al mundo que nos ha tocado vivir