Por - 21 de junio de 2017

Pese a su engañoso título, no resulta reconfortante este tercer largo del polaco Tomasz Wasilewski, acreedor del Oso de Plata al mejor guión en el Festival de Berlín de 2016. Como tampoco debía de ser la vida en Polonia por aquel entonces, recién derrumbado el Muro de Berlín y a 15 años vista de la entrada del país en la Unión Europea. Los insatisfechos –y antinormativos– amores de cuatro mujeres se exponen sin clemencia, pero con pudor, ante la atenta mirada del espectador voyeur, que penetra en esas intimidades primero regladas por el socialismo y más tarde por la moral católica. Ágata, Iza, Renata y Marzena son mujeres atrapadas en un cul-de-sac sentimental, al que han llegado por culpa de un amor imposible, infiel,obsesivo y desplazado, respectivamente. Sus trayectorias se cruzan al compartir vecindad en un suburbio cubierto por bloques de hormigón.

Amén su peculiar naturaleza de película coral episódicamente narrada, el filme destaca por la apuesta formal consensuada entre el cineasta Wasilewski y el afamado director de foto rumano Oleg Mutu, que combina planos cortos, muy físicos, cogoteros al más puro estilo Dardenne, con generales muy expresivos dramática y narrativamente (como el del accidente de la niña que pone fin al segundo acto). Se dejan fuera el sonido extradiegético y los colores cálidos (a excepción del piso de Renata), pero no el desnudo realista y estremecedor, reflejo de la belleza y de la congoja existencial de estos seres.

Polonia años 90: zlotys, cintas VHS y mucho desgarro amoroso.